En tres segundos

dibuo anciano escupe

Tiene una mirada dura y la cara gorda pero seca, cuajada de surcos secos. La mirada, seca. Ha aparecido al girar en una esquina.

Faltan apenas unos metros para que nuestros cuerpos se enroquen, cuando abre la boca en un gesto muy suyo, se nota. Tuerce un poco los labios, como si fuese a llamar a una cabra, sí, a una cabra, y se le ve la dentadura amarilla y entretejida. Seguro que su aliento sabe a carajillo de soberano y a purito fino de cincuenta céntimos. Sí, de cincuenta céntimos. Abre un poco más la boca, sus labios enrobinados adelgazan hasta casi desaparecer, y sé que se prepara para maldecir el suelo con su saliva. Lo más prudente sería apartar la mirada, pero no, me quedo suspendida de esa boca que imaginé de secano.

Justo en el instante en que su pringue asoma, primero huelo el ducados con el que mi padre arruinaba en los postres el sabor de un plátano o de una mandarina. Después, en el disparo, escucho la voz rota de mi abuelo Miguel, el manco, gritando malcarado y faltón a mi abuela porque la cena estaba fría. Y finalmente, en la elipse que describe, resigo el brazo ondulante de aquel hombrecillo infame que me palmeó el culo en un ascensor.

Cuando creo que el jolgorio ha terminado, imagino que la mancha viscosa sobre el asfalto se me engancha al cuello a traición. Entonces la necesidad de liberarme me atosiga. Me resisto tozuda, pero me arrincona. Al fin, escupo y, tan liberada como avergonzada, sonrío a medias como una oveja, sí, como una oveja.

P.D.: Os dejo aquí el vídeo de cómo se hizo el dibujo del anciano. Es alucinante. Del canal Dibujo En Línea, en Youtube.

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Juana

cara triste

Caminaba despacio.
No porque le sobrase día o por desidia. Eran sus huesos viejos. Pero debía sacar agua del aljibe, y luego limpiar las ollas sucias y las tinas. Tenía que guisar y cocer dos panes. Tenia que orear el heno y repartirlo entre las cabrillas tempranas que Aurora les había regalado. Aurora sabía de su corazón pasmado.
—Un día tendrás un susto, Juana, tendrás un susto.

Caminaba despacio, porque la artrosis es muy suya.
—Date vida, mujer, que la noche no espera.

Y a ella la cadera se le quejaba, puñetera. Caminaba despacio, porque el aire no le llegaba y a la carrera, su corazón perdía.
—Venga, mujer, que no me sirves.

Él sí servía, para todo lo bueno, para ser un señor.
Y ella, caminando despacio, del aljibe a la casa, de la casa al establo y del establo al colchón.

P.D.: Inspirado en mi abuela Juana. Una vida difícil. Una mujer buena.

Soñé que me despertaba

cara triste

 

Es el sueño más antiguo de todos y acabo de tenerlo.
Soñé que me despertaba.

Había una cama blanca y yo apenas abrí los ojos cuando despuntaba el alba.
Vi el esbozo de una silla y la soledad de una lágrima. Creo que era tu cara.
El silencio pesaba, igual que en este momento. A veces la vida imita a los sueños.
Vi tus labios, sí, eran tus labios, se movían despacio, susurrando anhelos,
pero el sonido, perdido, volvía a tu boca para recobrar aliento.

“Mírame, amor, al fin estoy despierto”.

No me sentías, como si mi cuerpo solo fuese una mancha entre las sábanas blancas.
Quise gritar para encontrarte “estoy aquí, aquí me quedo”, pero mi voz, como ahora, era un pozo extraño y seco.
Tus ojos me hablaron de cien noches en vela, la espalda cansada, las manos sin tregua.
Y yo, que recordaba tu risa como la cosa más bella, me partí por la mitad y me encogí en mi cama vieja.

Despertar para seguir sufriendo… despertar para seguir muerto.
Mejor cierro los ojos. Mejor me duermo.

 

P.D.: A menudo pienso en cómo será la muerte. ¿Será como estar dormido? ¿Percibirás lo que ocurre a tu alrededor? Una vez estuve clínicamente muerta y recuerdo perfectamente la sensación de paz e ingravidez, mientras médicos y enfermeros decían: “se nos va, no hay pulso”. Trabajaban sobre mi cuerpo, pero yo no sentía nada. Recuerdo que mi cuerpo estaba en la camilla y yo estaba junto a mi madre, a unos cuatro metros. Un médico le estaba recomendando que avisase a mi padre, porque yo estaba muy mal y no parecía posible recuperarme. Lo escuché tranquila, pero mi ser era como un torbellino que volaba sobre la habitación. Después todo fue oscuridad. Me salvaron.

Libélula

libelulaParte I

    Mamá siempre lo contaba en nuestras reuniones familiares. Gracias a su innata sabiduría o tal vez incluso a una herencia mágica que en nuestra familia no sería algo extraño, mi madre, que nunca fue a la escuela, era una artista del diálogo. Era capaz de conseguir que cualquier conversación derivase, según la ley de la inevitabilidad de lo obvio, en el recuerdo de aquella primera vez —cuando yo sólo tenía cinco años y los días transcurrían más despacio— en la que alguien me preguntó ¿qué quieres ser de mayor? Y yo respondí: libélula.
—¿Libélula? Pero eso no es una profesión, cariño, y además es imposible —dijo la tía Luisa riéndose.
Mi madre negó con la cabeza y protestó con la mirada.
—No le digas eso a la cría. María —dijo cogiéndome una mano—, tú puedes ser lo que quieras. Una libélula es una elección perfecta.
—Pero la niña tiene que aprender, ahora mismo es una esponja, y debe entender cómo es el mundo y quién es ella, es por su bien. Aprender es importante, aprender es…
—Que sí, que sí, pero es que va a tener toda la vida para aprender, y solo unos pocos años para disfrutar de la imaginación de un niño.
—A ver, María, ¿por qué quieres ser una libélula? —dijo mi tía poniéndose en jarras.
—Porque es diferente —respondí yo como si aquello fuese algo irrefutable.
—¿Diferente a qué?
—A las mariposas.

Como decía, mamá siempre rememoraba aquella primera declaración de intenciones. Entonces todos reían, sobre todo porque sabían que las libélulas se habían convertido en el centro de mi vida. Mi dormitorio, por ejemplo, era una especie de bosque en miniatura, con grandes árboles pintados con gran realismo por mi padre en las cuatro paredes, decenas de ramas de plástico colgando por el techo y unos cuantos dibujos, fotos y reproducciones de diferentes tamaños y colores de libélulas. Ya tenía diecisiete años y era, para la mayoría, la loca de las libélulas. Pero ese otoño de 2018 comenzaría a estudiar biología en la universidad. Quería ser entomóloga y especializarme en anisópteras. Por fin podría ascender hasta convertirme en la científica de las libélulas.

Parte II

Creo que hoy es lunes, uno de esos días de finales de agosto en los que el calor remite, pero la humedad ahoga. El día ha sido extraño y largo, casi estático, como si los segundos se disfrazasen de horas. Apenas recuerdo cómo he llegado hasta aquí. Estoy acostada en medio del bosque, acurrucada entre las sólidas raíces de un sauce llorón. Algunas ramas me acarician, como si el árbol quisiese llamar mi atención. ¿Qué quieres, niña?

   El atardecer pinta de naranjas y ocres las hojas de los árboles, y las sombras me envuelven con una manta de niebla. Pronto me confundiré con la tierra y el aire. Pronto yo seré tierra y aire. Escucho el agua del arrollo, el canto liberador de los grillos, el susurro persistente de una lechuza, y el discreto batir de las libélulas. Una, dos, tres, son muchas y se detienen sobre mí. Sus alas traslúcidas se mueven tan rápido, que parecen una nube suspendida sobre sus cuerpos. Y ya no hay arrollo, ni grillos, ni susurros… solo el batir de sus alas en un silencio que parece transformarlo todo a mi alrededor. El mundo levita entorno a las libélulas y yo soy liviana, pequeña.  

Quiero tocarlas, pero se alejan. Quiero seguirlas, pero son muy rápidas. Se acercan a la casa, me conducen hasta la entrada y me acompañan al salón. No veo a nadie, pero allí, en el silencio de la noche que todo lo esconde, siento una mano que me roza y un aliento cálido en mi nuca. Me giro, pero no hay nadie, tan solo las libélulas, con su danza lenta y su canción vieja. Entonces, una luz cegadora se abalanza sobre mí y las libélulas huyen. Aterrorizada, quiero seguirlas, pero la luz es tan fuerte que me desvanezco en ella y me olvido de mí.

Parte III

   A la mañana siguiente del entierro, la madre de María despierta intranquila en un sillón del salón. Es imposible que ese nuevo día haya llegado, que haya salido el sol o que las nubes ocupen su lugar en el cielo como siempre. Es imposible que su marido esté preparando café, y es imposible que ella siga respirando. Todo sigue igual y ya nada es lo mismo.

Sin embargo, anoche mismo la sintió cerca.  No podía dormir y bajó al salón. Se sentó  junto a la ventana, y contempló el jardín y a lo lejos el bosque. Primero sintió una caricia en la mano y luego el calor de su aliento. ¿María? Encendió una luz. La habitación estaba vacía, pero vio algo chocar contra un espejo y caer al suelo: era una libélula.

Bienvenido a mi plan B

BLOG_PLAN BEl plan A era escribir un blog para explicar cómo me sentía mientras convivía con el cáncer. El segundo plan es escribir y punto. LOS LUNES, Pepa publica.

PERO  ha pasado tanto tiempo desde mi último escrito, que creo necesario dar una explicación. Dejé de escribir en este blog en 2017, justo cuando me enfrenté a mi última operación de hígado, la tercera hepatectomía parcial. Aprovecharon para arreglarme el conducto biliar (obstruido desde la segunda operación), así hay varias buenas noticias:

  1. Ya no tengo que llevar día y noche una monísima bolsa colectora de bilis. Sí, era un engorro supino, una piedra tan fatigosa como la de Sísifo. Cada día me despertaba y pensaba: voy a llevar esta cosa con mi mejor sonrisa, a ver si los que me rodean no se dan cuenta de que me resulta deprimente y casi insoportable. Y así, entre sonrisa y postureo, lograba que el día se me hiciese llevadero. Si alguna vez tienes que enfrentarte a una gran “putada”, intenta sonreír (si puedes), de verdad que funciona.
  2. Otro tumor borrado de mi cuerpo. Según los médicos, volverá, como las oscuras golondrinas, pero oye, mientras no lo hace, eso que gano.
  3. Tras hacer una biopsia, los médicos descubrieron que la enfermedad se había vuelto receptiva otra vez al tratamiento hormonal. Eso quiere decir que hay una pastillita milagrosa que puede mantenerlo a raya al menos por un tiempo. Llevo dos años limpia. Increíble pero cierto.

Y aquí estoy, con revisiones trimestrales (un rollazo) y con la vida en ebullición. Aprovecho para contar que hace cinco meses emigramos a Madrid por cuestiones laborales: mi marido, mi hijo y yo. Estamos felices con el cambio, porque esta ciudad es una mina: llena de buena gente, oportunidades, cultura, rincones, diversión. En fin, que ¡VIVA MADRID!

Y dicho todo esto INSISTO: este BLOG se reforma. No quería seguir escribiendo sobre nada que tuviera que ver con el cáncer (aunque el que me seguía sabe que ya procuraba hacerlo de forma tangencial). Por eso dejé de publicar. AHORA siento que estoy en un momento creativo mucho más auténtico. Quiero escribir porque me apetece, porque amo la palabra, porque tengo mucho que contar, aunque no sea necesariamente sobre la enfermedad que me ha cambiado la vida.

ESCRIBIR por amor.

ESCRIBIR porque forma parte de mí.

ESCRIBIR porque sigo sonriendo.

GRACIAS A TODOS POR SEGUIR AHÍ. LA PRÓXIMA SEMANA COMIENZO EL PLAN B.

Palabras que dan felicidad

IMG_6757Hay palabras que nos suenan a gloria. Como la propia palabra “gloria”. Preciosa. O como la propia palabra “preciosa”. No sólo es que su sonoridad sea especial, por supuesto, el significado influye. Pocas palabras son un comodín tan estupendo para significar siempre algo perfecto:

Si una comida sabe a gloria es que es la mayor delicia que te has llevado a la boca.
Si algo es gloria bendita, es que es tan placentero que te transporta al cielo,
Si alcanzas la gloria, es que has triunfado a lo grande en lo que te propusiste y todo el mundo lo sabe.
Si estás en la gloria, es que el momento es perfecto, irrepetible, soberbio.

En el fondo nadie sabe lo que es exactamente gloria, pero sí que es algo maravilloso, lo mejor de lo mejor. ¿Se puede pedir más a un vocablo?
Tengo una teoría. Se supone que si piensas en positivo, atraes lo bueno, tu cuerpo se revitaliza y sanas más rápido…Y para dar forma a un pensamiento, utilizamos palabras. Por eso se suele decir que a un niño no hay que decirle por ejemplo “no seas malo”, sino “tienes que ser bueno”. O a un saltador de pértiga hay que animarle antes del salto diciéndole “venga, tú puedes, valiente”, en lugar de “no tengas miedo”.
Pues bien, si tanto poder acaban teniendo las palabras, ¿no sería una buena idea procurar utilizar el máximo número de veces al día aquéllas que nos resultan preciosas y que nos colocan en el lado bueno de las cosas? No a lo loco, no. No se trata de soltarlas sin sentido, me refiero a tomar consciencia de que mejor usar “gloria” que “rico o bueno”, que mejor usar “precioso” que “bonito”. Se trata de elegir elevar el nivel de lo bueno que nos rodea, de resaltarlo, de hacérnoslo más visible.
Desde el momento en el que nos levantamos. Nos asomamos para ver qué día hace y un sol radiante nos saluda. Y decimos en voz alta: ¡Qué precioso sol, me siento en la gloria!”. Que no hace sol y el día el gélido, pues nos preparamos un café calentito que nos sabe a gloria. Y nos lo decimos a nosotros mismos, o al marido, o al compañero de trabajo.
En fin, supongo que comprendéis por dónde voy.
Yo tengo una pequeña lista con la que voy a practicar: precioso, gloria, gracias, feliz, dulce y risa. Las ha repetido en varias hojas y me la he puesto por varios sitios de la casa. Son algunas de mis palabras favoritas. Ya os contaré cómo me funciona.

Feliz y gloriosa semana, amigos. Gracias por hacerme más feliz y compartir mis risas. (5, ¡acabo de usar 5!)

Un futuro por escribir

IMG_7151Futuro. Esa es la palabra que necesito reincorporar a mi vocabulario. Tengo que aceptar que sí puedo tener un futuro a medio plazo. Llevo años instalada en el hoy, el mañana y el mes que viene. Ahí terminaban mis planes. Lo aprendí a base de golpes: cada vez que hacía planes más allá de ese término, acababan destrozados por los médicos. Y el caso es que a mí me encanta hacer planes. Podría decirse que soy una planificadora nata. Un ejemplo: cuando tuve a mi hijo, hace dieciocho añitos ya, primero preparé una hoja de cálculo en la que detallé mi plan para embarazarme a diez meses vista. Marqué los días en los que iba a ser más fértil, el día en el que me haría la prueba de embarazo, el día en el que iría al ginecólogo a confirmarlo, la fecha probable de parto y hasta cuándo estaría de baja de forma que me cuadrase a continuación con el mes de vacaciones estivales. Lo sé, ahora mismo estáis dudando de que mi hoja cuadrase con la realidad, pero resultó tal y como lo había planeado.

El secreto de un buen plan es la preparación, el análisis de supuestos, la previsión. En mi trabajo buena parte de mi responsabilidad pasaba por prevenir problemas, preparar eventos, planear escenarios. Me encanta y es algo que aplico a todas las facetas de mi vida. Por ejemplo, imaginemos que tengo que irme de vacaciones una semana. Bastantes días antes preparo varias listas: objetos que no debo olvidar, cosas que debo comprar, detalle de las prendas de vestir que me llevaré.

Y ahora imaginad lo incómodo que me ha resultado no poder planear casi nada en mi vida durante los últimos cinco años. Durante el 2017, comencé a hacer planes a tres meses vista, porque las pruebas médicas de seguimiento eran trimestrales. En 2018 seguirán siéndolo, pero creo que ha llegado el momento de confiar en mi futuro. Por supuesto, cabe la posibilidad de que todo se tuerza, no me engaño, pero voy a empezar a vivir con fe en mi cuerpo. Tengo tantas ganas de afrontar aventuras, viajar, aprender, atreverme. Mi futuro, como el de todos, está por escribir, así que voy a ponerme al volante y a disfrutar las curvas.

Camino gitano

cicatrizTengo en mi cuerpo un camino
que me recuerda cada día
lo que importa y lo que amo.
Es mi camino gitano.

Es un río tuerto, curvo, ciego,
seco, oscuro, feo.
Pero cuando me asomo,
veo el reflejo del pasado
y la promesa de un futuro.

El camino que me recorre es duro,
porque empieza y acaba cuesta arriba.

Si lo miro con miedo,
me equivoco.
Si lo miro con amor,
lo agradezco.

Hay grandeza en mi camino,
tanta esperanza como dolor,
y tanta victoria como duelo.

Es la cicatriz del alma
que ruge hasta rasgar mi piel.
Mi cicatriz gitana.

P.D.: A nadie le gusta una cicatriz así en su cuerpo, pero cada vez que la miro siento el mayor de los agradecimientos hacia mis médicos y la admiración hacia mi familia por lo que ha tenido que soportar y sobre todo hacia mi propio cuerpo, por lo fuerte que ha sido. Pedazo cuerpazo. Tres veces han abierto por ese mismo camino para sanar. Gracias, gracias, gracias.

Mostrar mi cicatriz es algo que nunca suelo hacer, ni en la playa, pero tras reflexionar sobre ello creo que si los que tenemos cicatrices así lo hiciéramos más, otros perderían el miedo a hacerlo, porque en el fondo debemos estar orgullosos de nuestras heridas de batalla, nuestros caminitos gitanos. Orgullosos de la victoria.

x o el día de la marmota

IMG_6680 (1)Faltan 20 horas para x.

Me falta noche. Me he despertado antes de que sonase el despertador, como ayer, como antes de ayer… ¿Qué voy a hacer hoy para no pensar en x? Es lo que tengo que hacer, procurar ocupar mi mente. Hace un día precioso, así que nos vamos a la playa con el perro. Paseamos por la arena y nos reímos porque a Cala le dan miedo las cometas, nos reímos porque el agua que llega mansa hasta la orilla también la ahuyenta de nuestro lado. Nos abrazamos bajo el sol y nos sentamos a mirar el mar. Entonces una lágrima se me escapa, y no es porque esté triste, es porque soy feliz, tan feliz que me pone triste.

Faltan 18 horas para x.

Luis no quiere comer en casa. Nos vamos a un centro comercial y nos inflamos comiendo guarrerías de esas que procuro evitar. Hoy nada de comida sana. Hoy nos damos el gusto a ver si se nos pasa el susto. Qué rico está todo y qué buen rato pasamos. Yo como de tu plato y tú del mío. La liamos.

Luego entramos en el cine. La película es interesante, correcta, nos distrae. Vamos bien. Por eso no entiendo por qué al montarme en coche de vuelta a casa me pongo a llorar a todo trapo. Luis me aprieta una mano. Esa mano me duele, aunque casi nunca lo digo. La aparto poco a poco, sin decir nada.

Faltan 12 horas para x.

Me pongo a leer. Luis mira capítulos antiguos de Modern Family y al final me engancho a verlos y a veces me río. Pero estamos acostados en el sofá, abrazados y cuando la televisión se queda en silencio, me abrazo más fuerte a Luis y vuelvo a llorar. Es que le quiero muchísimo.

Faltan 9 horas para x.

Guille se despide. Mañana tiene examen de matemáticas y está nervioso. Le digo que mañana es el día x y él me abraza fuerte. Todo irá bien, mamá, ya lo verás. Quedamos en que le enviaré un mensaje en cuanto sepa algo.

Falta 1.15 para x

Llevo un buen rato despierta. Suena el despertador a las 7. Guille se ha dormido. Corremos para poder llevarle al instituto y luego seguir nuestro camino al hospital. Me siento culpable porque debería poder concentrarse únicamente en el examen y no estar preocupado por mí. Nadie debería estar preocupado por mí.

Llegamos 10 minutos antes de x. Luis está nervioso, no sabe si desayunar o irse a fumar. Al final decide sentarse y esperar. Me llaman. Siempre es la misma sala. Está muy oscura. Me tumbo en la camilla y me levanto la camisa. X es una ecografía, una simple ecografía. Han decidido evitar si es posible hacerme resonancias o tacs, porque mis venas nos soportan el contraste, estallan.

X

Mientras espero al médico me repito un mantra: todo va a salir bien, todo va a salir bien. Tomo aire, procuro tranquilizarme. El ecógrafo tarda unos cinco minutos en la exploración, pero se me hacen eternos. Cuando termina, me sonríe: todo está bien. Gracias, digo. Y me levanto temblando. Salgo fuera y Luis está allí, muy serio. Me mira expectante y yo le digo que todo está bien. Él me abraza. Tiene en la cara una de esas sonrisas preciosas que él dibuja especialmente para mí. Una sonrisa que dice que es muy feliz y que me quiere. Yo no sé qué cara poner. Como si no me lo creyera o como si me costase pasar de la tristeza a la felicidad sin transición. Necesito tiempo.

Es injusto hacerlo, casi estúpido, pero no puedo evitar pensar que x llegará de nuevo en 3 meses, que otra vez llegará el día de la marmota y sucederán las mismas cosas. Faltan 3 meses para x, aunque ahora, justo ahora, soy feliz.

Voy a ser como tú

IMG_6687Yo de mayor quiero ser como tú. Me encanta la forma en que siempre estás dispuesta a decir algo amable sobre los demás. Nunca te he oído criticar tontamente a nadie, ni resaltar sus defectos. Cuando alguien lo hace, tú sueles callar y en tu expresión puedo leer algo como “esa persona es como es y no voy a hablar mal de ella”.

Yo de mayor voy a ser como tú, porque es como si hubieras vivido muchas vidas. Has hecho cosas increíbles que casi nunca cuentas, cosas difíciles, para las que hay que ser muy fuerte y valiente. Un día te viste sobrepasada, y te desesperaste, te hundiste, porque la tierra se movía bajo tus pies. Pero como eres una mujer fuera de lo común, lo consigues: te levantas y te reinventas. Giro de 360 grados y a otra cosa, mariposa. Aprendes a escuchar, a acompañar, a comprender, a sentir y a curar tu alma la de los demás. No es mal destino en la vida.

Yo de mayor tengo que ser como tú, no me queda otra. O lo consigo o me pierdo en el intento. Voy a practicar más aquello que quiero ser más, y lo que quiero es ser más como tú: más paciente, más confiada, más perceptiva, más amable, más feliz. Supongo que cuando leas esto sabrás que hablo de ti. Gracias por llegar a mi vida, muchas gracias.