Llévame a la playa, amor

IMG_7912Llévame a la playa, a respirar aire azul,
aire fresco, aire salado.
Llévame sin prisas, con ganas de siempre,
con risas y hasta noviembre.
Tráeme chancletas, un bikini, una toalla y un pareo,
Y me quedo aquí a vivir, con lo puesto.

Llévame a la playa y no te alejes.
Dame masajes de arena y duchas de gotas marineras.
Tráeme un helado de limón y compartamos boca.
Tráeme tu cuerpo calentito y compartamos piel.
La miel, para diciembre.

Ahora quiero tu lengua salada,
quiero el juego de tu sonrisa,
el vaivén de tu pelo en la brisa,
y el sostén de tu mano en mi espalda.
Porque a veces me caigo, tonta de mí.
A veces no me levanto.
Pero si tú estás ahí,
no hay lazo que retenga
ni miedo que me detenga.

Venga, llévame a la playa y, si acaso, allí me dejas.
Hay una luz a lo lejos que me espera
y, si la alcanzo, quizás, sólo quizás,
me quede en tierra.

Mi camino salvaje

caballo“ Sam, ¿qué haces aquí, en tu camino salvaje?”. Lo cantaba Chris Rea, en su canción Road to Hell. De todos los caminos posibles, ¿acaso hay alguno que no sea salvaje? Creo que nuestras vidas transcurren por senderos descontrolados, inciertos y a menudo peligrosos. El problema -o la ventaja- es que pocas veces lo sabemos.

Una madre amorosa le coloca en el pelo por la mañana un lazo rosa a su hija de ocho años. La niña se va feliz al colegio y su madre estresada al trabajo. Mientras conduce, alcanza a un camión que va demasiado despacio y decide adelantarlo, justo cuando otro conductor, un repartidor de paquetería que se casa dentro de unos meses, viene en la dirección opuesta. Se alcanzan, chocan, mueren. La novia llora su pérdida y piensa en el precioso vestido blanco que había elegido. Él ya no la verá con él. La niña llora su pérdida. La mujer no tuvo ni siquiera la oportunidad de despedirse. Un lazo, un coche, oscuridad…

Me diréis que todos sabemos que estamos expuestos a la muerte, que las cosas son así. Pero mientras, caminamos por un hilo finísimo y lo hacemos con tacones de aguja, apurando al máximo y descuidando tantas cosas…  Pero es que nuestra inconsciencia es nuestro punto de agarre. No podríamos ser felices asumiendo lo salvaje que es nuestro camino y lo poco que pesan nuestros planes y deseos en nuestro devenir.

Pero algunos lo saben, de un modo u otro, perciben perfectamente el camino y sienten miedo. A falta de riendas, se agarran con fuerza a las crines de su caballo desbocado, clavan espuelas y él parece retenerse, incluso puede que te mire y pregunte: “Pepa, ¿qué haces en tu camino salvaje? “Procuro aprovechar cada segundo que me regala la vida, me aferro a los momentos hermosos, disfruto del aire que respiro y del sol sobre mi piel”, respondo, “¿podrías ir un poquito más despacio?”. Él parece entenderlo, lo veo en sus ojos, pero le encanta correr hasta que el suelo desaparece por mi camino salvaje.

Personas que inspiran, héroes.

¿Qué es un héroe? El otro día vi un breve documental de la NASA sobre el tema. Aparecían personas de diferentes edades diciendo quién era su héroe. Para los niños, lo era un superhéroe o un personaje de dibujos animados, para los adultos era más variado. Un héroe se definía como alguien que te ha inspirado (lo cual me parece muy acertado) y las respuestas iban desde un personaje mítico como Mandela o Martin Luther King, a un astronauta. Pero muchos respondían “mi padre” o “mi madre”. Las personas más cercanas son las que más poder de inspiración tienen para nosotros. Día tras día. Es un ejercicio bonito pensar en ello.

Mi héroe… yo lo tengo claro. Mi héroe es mi padre porque con tan solo mucha ilusión en la maleta, dejó su casa y consiguió forjarse un futuro en una tierra que le acogió con los brazos abiertos, Barcelona. Nos transmitió el valor del esfuerzo y su inteligencia y constancia.

…O quizás mi héroe sea mi madre, que sin su familia cerca, sin amigos u otros apoyos, sacó adelante a tres hijos, firme casi siempre, dulce cuando estábamos enfermos. Qué gran enfermera hubiera sido. Nadie le había enseñado a coser pero ella nos hacía unos trajecitos preciosos a juego.

…O quizás mi héroe sea mi cuñado Diego, la persona más tierna y buena del mundo, que a pesar de padecer una grave enfermedad siempre tiene una sonrisa en la cara y un chiste en la boca.

…O quizás mi héroe sea mi amiga Esther. Lleva años intentando ser madre y, tras varios abortos muy duros y muchos tratamientos, sigue intentándolo siempre con una sonrisa y toda la confianza. Esta vez sí, dulce.

…O quizás mi héroe sea mi amigo Paco, enfermo, con un solo pulmón, y el tío más fuerte, valiente y cabezota del mundo (que descanses en paz, cariño). 

…O quizás mi héroe sea mi hijo Guille, que ha sufrido unos cuantos palos ya en su corta vida (la difícil convivencia de sus padres y la posterior separación, cambiar de colegio dejando atrás a sus amigos, tener dos casas y estar siempre arriba y abajo, que su madre cayera enferma, que su padre se márchese lejos…). Y ahí está, un pedazo de tío con todo el futuro por delante y mucha ilusión en la mochila.

O quizás mi héroe sea mi marido Luis, porque desde el día que supe que estaba enferma, su sonrisa ha sido mi vitamina. Siempre él, que ha aprendido a llorar solo por dentro, sabe decirme siempre la palabra justa, darme el abrazo que me calma y, con su amor incondicional, consigue que cada día sea un regalo que me entrega la vida, gratis, tremendo.

Vale, ya paro, ciertamente hay muchos héroes a mi alrededor, y otros que no he mencionado para no escribir un libro, pero haberlos haylos. Y todos me inspiran para ser mejor, para ser feliz, para ser fuerte. Mis héroes valen un potosí, joder. Ya lo creo

Cara o cruz: vidas y decisiones

cara y cruzInspirado en historias reales, con pequeñas licencias.

Le llamaremos Toni. Era aún un bebé cuando le diagnosticaron polio, una durísima enfermedad que va debilitando tus músculos, que primero te ata a unas muletas, luego a una silla y luego al miedo, entre otros, de dejar de respirar. Toni fue al colegio con sus muletas, pero su movilidad era ya muy reducida. Uno de sus hermanos, de edad similar, dedicó su infancia y juventud a acompañarle a todos lados. En el patio también se quedaba junto a él para que no se estuviese triste y solo, ya que carecía de amigos y no participaba en ningún juego. De este modo ambos se quedaban tristes y solos.

Junto con la fuerza física, Toni perdió también la fuerza de su corazón. La vida le parecía injusta, dura, un fiasco, y todos los que le rodeaban vieron cómo su apatía y tristeza se tornó en dureza y prepotencia. Todos tenían que ayudarle, estar por él, compadecerle y él, a cambio, solo entregaba malas caras y exabruptos. Sin amigos, ni objetivos, su vida fue una decepción para sí mismo y para los que le rodeaban. Toni vive hoy solo en un piso adaptado que le facilitó un organismo público.

Le llamaremos Ana. Era aún una niña muy pequeña cuando un accidente la dejó parapléjica y la condenó a una silla de ruedas. Era una jovencita feliz y risueña y lo siguió siendo durante toda su infancia y juventud. En el colegio, su clase estaba en el segundo piso, pero sus compañeras la subían en volandas hasta allí. De hecho se peleaban por hacerlo, entre risas y gritos. Ana jugaba a todo lo que parecía imposible que jugase, por sí misma o con ayuda de sus amigas. Y cuando fue una mujer adulta, dedicó su vida a cuidar y hacer felices a todos cuantos amaba, por supuesto su marido y sus hijos, y luego de su madre y de una tía, ambas con cáncer. Ana y su silla de ruedas podían con todo y sigue haciéndolo. Hace felices a los demás porque en primer lugar ella es feliz. Sin más.

Toni y Ana tienen edades similares, nacieron en familias muy parecidas y viven ambos en Cataluña. ¿Vidas paralelas? Divergentes. No digo que uno sea mejor que el otro, sencillamente uno decidió y supo ser feliz, y el otro no. Uno decidió y supo vivir, y el otro se rindió. Porque, a veces, uno decide, y otras se deja llevar por lo que puede.

Un abrazo.

Sobre árboles y rasguños

arbolEstoy en la selva costarricense. Hace un calor de mil demonios y la humedad es insoportable. Pero estoy feliz, la naturaleza es abrumadoramente hermosa y yo estoy de vacaciones con una amiga, a la que llamaremos Ana. Caminamos en línea, con un guía abriendo camino y otro cerrándolo. Somos siete turistas, con nuestras botas nuevas, nuestras gorras mojadas, kilos de antimosquitos y nuestra mochila de supervivencia del Decathlon.

– Si grito “go up!”, todo el mundo tiene que subirse corriendo a un árbol -nos avisa repetidas veces el guía principal.

“Ya… ésta es una selva peligrosísima… llena de animales salvajes y…turistas… claro…”, pienso sonriendo para mí. “Y además, ¿subirme a un árbol? ¿Cómo c… se supone que se hace eso?”. Y se lo digo riéndome a Ana, que mira a su alrededor con recelo.

De repente, el guía susurra.

– Shhhhhh…. Hay un rinoceronte a dos metros, tras esas ramas. No os mováis, no habléis.

“Vaya, un rinoceronte, como en el zoo”, pienso, y miro sonriente a Ana, que está un poco más pálida.

Muevo unas ramas para ver si efectivamente está, y allí está EL RI NO CE ROOOOON TE. Es un ejemplar gigante, negro, de esos que parecen articulados, duros, como un armadillo descomunal. El animal se gira y nos mira directamente. Las piernas me empiezan a temblar y me quedo muda. Entonces escucho un grito que resuena en toda la selva: “¡GO UP!”.

En tres segundos estoy encaramada a un árbol. Desconozco cómo he llegado allí pero mis piernas y brazos están llenos de rasguños. El árbol, un poco alfeñique, se balancea por mi peso. Ana aún busca el suyo y me mira desesperada.

– ¡Aquí hay uno, Ana, sube, sube! -le grito señalando uno junto a mí.

Pero otro turista también lo ha visto y se sube, no sin esfuerzo. Ana lo fulmina, y yo comienzo a lanzarle patadas.

– ¡Éste era para Ana, quita, vete, Anaaaa!

Esta historia, verídica, me la contaba una buena amiga ayer. Cómo me reí imaginándola en medio de la selva agarrada a su arbolito. Y me hizo pensar en cómo creemos que nunca nos pasará nada, en que las situaciones siempre están bajo control, aunque muchas veces el peligro o la malaventura esté a la vuelta de la esquina. También pensé en cómo ante la adversidad, muchas personas demuestran un sorprendente arrojo y valentía, para con ellos mismos y para defender a los demás.

Vuelvo, un momento solo, a mi propio proceso. Durante estos años me he encaramado a muchos árboles y los rasguños han sido a veces muy profundos. ¿Cuántos árboles me quedan? ¿Cuántos rasguños? En el fondo ojalá que muchos, pero os digo una cosa: tengo las rodillas hechas polvo. Un abrazo a todos.

P.D.: Como veis he cambiado mi imagen en los dibujos que acompañan mis posts. Es que mi pelo ya ha crecido bastante. Os dejo aquí foto de hoy. Un abrazo de nuevo.

melenita ya

Cáncer: no acepto pulpo

IMG_7619Programa First Dates, semana pasada. Una pareja está conociéndose. Ella es médico de urgencias. Él le comenta que ha superado una enfermedad muy grave. No dice el nombre, de hecho deja la frase en suspenso, mientras mira intensamente a su compañera. Ella le contesta algo así: “no la digas, ni la menciones. Además, es mi horóscopo”. Fin de la conversación sobre el tema. Cambio de tercio hacia algo más ligero, menos triste. Al fin y al cabo estamos en la tele, en horario de máxima audiencia, no tocan penas, no.
El caso es que la palabra cáncer es como una especie de “diabólico palabro” del diccionario. Si introduces en Google “palabra cáncer”, ¿sabéis lo que sale? Os invito a probarlo. Sale esto:

cac

No podía ser de otra forma. No deja de ser irónico que la primera entrada sea “palabra cancerbero”, un perro de tres cabezas que guardaba los infiernos según la mitología griega. Después aparece “grave”, y luego “tabú”.

Siglo XXI, supuesta era moderna. Muchos enfermos de cáncer superan la enfermedad, o luchan contra ella durante mucho tiempo. Otros, es cierto, mueren. ¿No sería mucho más motivador para los enfermos y sus familiares que la enfermedad perdiese su estigma social? ¿Qué pudiese hablarse abiertamente de ella en un medio masivo como la televisión? ¿Cuántas veces se habla de cáncer en la tele si no es para decir que alguien ha caído enfermo o que tras una larga lucha ha muerto? ¿No se supone que es una enfermedad que nos rodea, que todos tenemos conocidos o familiares que lo padecen? Esta sociedad necesita hablar sobre el cáncer, saber más sobre el tema y sobre lo que sienten y necesitan los que la padecen, sobre cómo podemos ayudarles y acompañarles en su camino, sobre cómo está evolucionando el tratamiento, sobre cómo prevenirlo…. Pero sigue tapándose, escondiéndose. Mejor barrer debajo de la alfombra, que nadie se incomode, ni mentarlo. Y en realidad no es justo para nadie, pero, sobre todo, no lo es para los enfermos de cáncer. Muchos llegan a autoconvencerse de que es mejor no hablar de ello, cuando es algo que marcará sus vidas, las cambiará para siempre. Porque una cosa es superarlo, dejarlo atrás, y otra cosa borrarlo.

El cáncer me ha cambiado. ¿Cómo no iba a hacerlo algo que ha impactado tanto en mi vida? Hoy soy una persona diferente, porque he vivido cosas que me han transformado, puede que incluso para bien, a pesar del sufrimiento.

Favores gratis, amores gratis

IMG_7589.JPGLíbrame de todo mal, le pedíamos a Dios. Y Dios raramente nos libraba.
Mamá, no te mueras nunca, y ella, finalmente, nos dejaba.
No me dejes solo, ni de noche ni de día, le rogábamos a nuestro ángel de la guarda. Y él raramente se hacía sentir.
No me dejes nunca, le pedíamos a nuestro amado. Y él raramente se quedaba para siempre.
No me falles nunca, amigo mío. Y él, incluso él, algún día nos fallaba. Y nosotros a él.

Nos empeñamos en convertir en infalible lo que por naturaleza no lo es. Siempre esperando, exigiendo demasiado. Por eso, en algún punto de nuestra existencia, llegamos a convencernos de que la vida es una sucesión terrible de desengaños que no tiene solución.

O quizás sí. ¿Y si aprendiésemos a desear mucho, pero esperar poco? Me explico. ¿Y si todo cuanto recibiésemos de bueno lo considerásemos un suceso inesperadamente mágico y maravilloso? Si agradeciésemos lo bueno y dejásemos pasar lo malo. Si en  lugar de pedir, acogiésemos, si en lugar de exigir, sonriésemos con amor ante los regalos inesperados. En todo caso seríamos más felices, ¿no? Visto así, ¿no os pone los pelos de punta que por ejemplo un nuevo jefe os diga “espero mucho de ti”? Jeje.

Pero hay otra sentencia aún más memorable: “si tú me das, yo te doy”. ¿Y quién debe dar primero?, me pregunto. ¿Cómo se inicia el intercambio de favores y amores? ¿Paro en cuanto me falles? Estoy cansada de esta dinámica. Favores y amores deberían ser gratuitos, amables, desprendidos por naturaleza. Quiero ser más feliz y lo soy si pienso que el mundo puedo girar de otra forma más compasiva y sencilla. ¿No os parece? Un abrazo.

Contenta, casi siempre.

tornado

Se supone que tengo que estar contenta. Y lo estoy. Casi siempre.

Imagina que vives en una región americana en la que la temporada de tornados llega cada año. Tienes pavor a los tornados, porque ya han arrasado unas cuantas veces tu casa, tus tierras…. Incluso provocaron la muerte de unos vecinos a los que apreciabas mucho.

Dentro de poco llegarán de nuevo y tú preparas tu casa como sueles hacerlo. Ahora todo está en calma, el cielo es azul y la hierba se mece suavemente al compás de un viento suave, agradable. Todo está como debe estar. Pero no durará, lo sabes. De modo que la inquietud te ronda conforme avanzan las semanas. Recuerdas situaciones vividas anteriormente y te estremeces. Recuerdas el miedo en el rostro de los que amas y te estremeces. Y luego sonríes, porque ahora todo está bien, te recuerdas. Quizás lleguen los tornados y pasen sin hacer mucho daño. Tal vez la preocupación que ahora te embarga sea en vano. Pero tengo que asegurar mejor las ventanas, te dices, mejor estar bien preparado.

Así me siento, asegurando las ventanas y acumulando provisiones para cuando lleguen los tornados. Aprovecho para disfrutar cuanto puedo, para acumular buenos recuerdos y asegurar sonrisas. Me rodeo de gente que me brinda mucho amor, paz, alegría. Me lleno de todo ello para sentirme bien provista, fuerte ante la adversidad. ¿Contenta?  Sí, casi siempre… Procuro no pensar en ello, pero es inevitable: vendrán los tornados y dan miedo.

El juego de la esperanza y la decepción

Serie Cartas a mi hijo

decepcionLa vida a veces parece un juego. Todo o nada. Blanco o negro. ¿Quién da más? Es como si el destino, nuestro destino, fuese una burla a nuestros sueños, como si nuestros planes estuvieran llamados a incumplirse total o parcialmente. Creemos que llevamos las riendas de nuestra propia vida e incluso que influimos en la de los demás, pero a menudo nos encontramos gestionando la decepción o el fracaso como buenamente podemos.

Ya sabes que mi vida es ahora como una ruleta. Cuando gano, recibo esperanza, un bonus de tiempo. Cuando pierdo, recibo decepción y dolor. Es una ruleta bastante cruel, la verdad, y me da miedo, pero cada tres meses tengo que jugar, no hay otra. Solo puedo procurar poner cara de póker para que no se me vean las cartas, sonreír y esperar lo mejor.

A otro nivel, espero, esto te sucede a ti también. Me refiero a que nuestras vidas son un cara o cruz, más a menudo de lo que pensamos. Estudias mucho, por ejemplo, para un examen, te sientes optimista, pero ese día estás cansado, o nervioso, o te equivocas en algo tonto, o te preguntan algo que no esperabas, en fin, pueden pasar mil cosas. Y ese examen que tan bien preparado llevabas te brinda un resultado decepcionante. Parece injusto, porque habías trabajado mucho, y te sientes abatido, cansado y traicionado por las circunstancias. Incluso puede que te culpes a ti mismo, que caigas en el “debería de haber….”. A veces las decepciones nos dan lecciones de superación, y en otras ocasiones simplemente nos duelen. ¡O ambas cosas! Hay gente que fulmina las decepciones sin problema. Se levantan y vuelven a la carga como si nada hubiese ocurrido. Otros las acumulan, lo que solo sirve para ser en el futuro más cobarde, o “prudente” como dirían otros. “No lo intentaré de nuevo porque cuando lo hago suelo fracasar y duele”, piensan. ¡Es tan fácil caer en la desesperanza!

No lo hagas, cariño. Concédete siempre la oportunidad, la ventaja de ser optimista ante los retos. Permítete luchar siempre con las ganas de la primera vez y la sabiduría de las siguientes. Juega a ganar, a conseguir, a la esperanza. Y cuando pierdas, no desesperes, pega cuatro gritos, desahógate y vuelve a la carga. Vivir no es otra cosa que seguir intentándolo.

Contigo

El sol calienta mi piel, pero si siento que hoy me calienta hasta el alma es porque tú estás junto a mí. Cuando hace frío y me arropas con tu cuerpo, solo podrías ser tú. 

Si la luna me parece hermosa es porque la miramos juntos.

Las cosas dulces lo son más cuando tu boca también las roza.

Hay muchos momentos hermosos, pero todos ellos lo son más cuando los compartimos.

Incluso aunque no estés junto a mí, te siento cerca. Como si mi piel retuviese tu esencia. 

Y así, sé que la vida vale la pena. Siempre. 

El dolor pasa, se olvida, se aleja. El miedo se esconde y la tristeza es pasajera. Porque si tú estás nada malo me llega. Quédate conmigo siempre, amor, quédate y no te pierdas.