La navaja suiza

IMG_1169Tengo que encontrar una palabra realmente hermosa. Con una tendrá que bastar. Ahora lo importante es rasgar este silencio, lo realmente importante es abrir un hueco por el que se cuele la esperanza de que algún día me ames. Si sigues mirando a esa esquina en la que no hay nada, sé que acabarás huyendo. Si yo no fuese tan aburrido, si yo fuese más guapo, no te irías, seguro.
¿Cuánto tiempo serás capaz de mantenerte erguida antes de hundirte sobre tus hombros, suspirar y levantarte? Hay una vocecilla en tu cabeza que te susurra, lo sé. Seguramente te dice que soy demasiado tímido y extraño. Tal vez incluso te grite bajito (para que yo no lo oiga) que no esperes a salir corriendo, porque en un segundo todo cambia. En un segundo, hombres como yo te atrapan, te muerden, te ahogan, te matan… Los hombres malos caminan como los buenos, respiran como los buenos, pero luego, de repente, te miran como hombres crueles y gritan con voz ronca antes de dejarte sorda.
Aún estás ahí, sentada muy recta en el último banco del parque, y aunque miras al suelo, sé que procuras controlar el espacio que ocupa el universo que nos rodea. El perro que salta a lo lejos y se revuelca en la hierba. El hombre que corre despacio por el camino, resoplando, el niño en bici que acaba de perderse al girar hacia los árboles. Estamos casi solos, casi juntos, casi muertos de miedo. Tú me tienes miedo a mí, y yo le tengo miedo a mis zapatos gastados. Si reparas en mis zapatos, sé que saldrás corriendo. ¿Qué hombre acude a una cita con esos zapatos rotos, sucios y tristes? Debería haberme fijado más en mi aspecto. Debería haber cuidado los detalles tal y como a las mujeres les gusta. Tus zapatos de charol marrón relucen. Como debe ser.
Entonces me fijo en tus manos. No hace frío, pero llevas guantes negros. Y allí, destacando en rojo, descubro una navaja suiza que despliegas despacio. Busco tu mirada, sorprendido, pero entonces, tozuda en tu silencio, colocas una mano en mi pierna y me estremezco. Me concentro en esa mano pequeña de niña mala que me acaricia, y percibo el calor a través de la tela. Me estremezco y cierro los ojos. Es en ese instante cuando siento la hoja de la navaja veloz, trazando un camino tortuoso en mi cuello.                 Suspiro y me levanto, inestable. La sangre cae sobre mis zapatos, arruinados para siempre. Cuando me giro para buscar en tus ojos la emoción que tus actos reflejan, ya te has ido. Tenía que ocurrir. Y ya nunca sabré si te parecía demasiado aburrido, demasiado feo, seco, o flaco… Imagino tus zapatos relucientes hundiéndose en la tierra húmeda del parque y perdiéndose en calles cada vez más grises, hasta que la oscuridad te envuelve. Y me imagino a mí, solo en el parque, olvidado entre charcos.

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