La amante de mi abuelo, mi tía y yo

mordisco tiburonUna historia de karma y cicatrices.

Paquita, la hija mayor de Juan José, el jefe de estación, estaba amarilla, todos lo comentaban, amarilla como los polos de limón, que tiran a verde lima.
-Las mujeres tienen que ser blancas o tostadicas, con rubor rosa o rojo, ¿pero amarillas? Si una mujer se pone amarilla, no es buena señal, seguro.
-Malísima, malísima señal, ya te digo. La sangre nos da el color y si está amarilla, eso es que su sangre lleva cosas malas. A mí me da hasta miedo.
-¿Ya la ha visto el cura? O el boticario, o el médico…
-Con dieciocho años que tiene… y bien bonica que es. Pero ahora, así, con ese color por todo el cuerpo mete miedo mirarla. Dicen que es porque está muy enferma.
-El padre ha dicho que se va esta semana, que un médico de Madrid va a operarla, porque en el hospital Murcia la daban por muerta.
-¿Pero qué tiene?
-La bilis, es la bilis, que se le escapa, que le corre por las venas.

Mejor no mires, me digo, pero cuando destapan las vendas no puedo evitar echar un vistazo, así como de refilón.  La enfermera coloca un platillo metálico encima de mi pecho y coge unas pinzas y unas tijeras.
-Parece que te hubiera mordido un tiburón, Pepa. Uno bien grande.
Es cierto y quizás debería sonreír ante la ocurrencia, así que sonrío.
-Voy a hacerlo rápido, pero con cuidado, ¿vale, cariño?
Yo asiento, y procuro que la sonrisa no se me escape. Cuando la primera grapa repiquetea sobre el platillo, metal contra metal, la idea de que me voy a abrir en canal pasa por mi cabeza. Decido mirar el platillo brillante. Decido mirar el rostro pálido de mi marido. Decido cerrar los ojos. Cuando se escucha la segunda grapa, Luis se disculpa y sale corriendo, y yo decido mirar al mordisco.

Juan José está muy guapo con su traje verde y su gorra negra y verde. Pero debe ser su cuerpo espigado, la forma en que el cinturón se le ajusta a la cintura, y su mirada inteligente, lo que hace que las mujeres del bar se giren a su paso. O quizás sean los galones de oficial.
Juan José se sienta al fondo de la barra y pide un anís. Y la ve. Es una joven muy hermosa, con ojos verdes y sonrisa grande. Está con otras dos chicas, tomando un chocolate con churros. No puede dejar de mirarla y al poco ella se da cuenta. Nerviosa, se toca el pelo y le mira sin querer mirarlo.
Entonces, Juan José hace algo que nunca antes había hecho y que, desde luego, no debería hacer: se acerca y se presenta, muy tieso, pero sonriente. Ella se llama María. Las amigas de la chica están muy calladas, tomando nota de todo.

-Ha vuelto la Paquita a su casa.
-¿Cuándo ha sido eso?
-Ayer por la noche llegaron en una ambulancia desde Madrid.
– ¿Y está bien? Decían que no volvía.
– Sí, está bien, pero delicada. No puede moverse de la cama, pero ya no le dejaban estar más en el hospital. Se ve que tiene para meses, me lo ha contado hoy su madre.
– ¿Pero se va poner bien? Esa chica estaba en la flor de la vida. Es una pena.
– Sí, sí, la ha operado una eminencia. Ya no está amarilla y está comiendo. Es solo que tiene que ir poco a poco. La han tocado mucho ahí dentro.

– Y la última. Casi cuarenta. Lo has hecho muy bien, Pepa.
Yo he contado treinta y cinco, y sí, supongo que lo he hecho bien. No me he movido. No me he quejado. Es mejor tragarte el dolor, de lo contrario éste se hace fuerte y te coloniza.
– Un poco de yodo y listo. Lo tapamos y mañana vemos qué tal va, ¿vale?
Vale, siempre vale, lo que diga la enfermera, lo que diga el médico. ¿Cómo no va a valer? Luis vuelve a entrar cuando la enfermera sale.
– Lo siento, cariño. Ya sabes que soy muy aprensivo y me estaba mareando.
Me da un beso, en la mejilla, me coge la mano y me sonríe. Tiene una sonrisa preciosa. La mejor sonrisa del mundo.

– Ayer fui a ver a la Paquita.
– Yo tengo que ir un día de estos. ¿Está mejor?
– Sí, está muy bien. Se levantó de la cama y nos sentamos en el patio, para que le diera el fresco.
– ¡Cómo me alegro! La Paquita era muy buena y muy alegre.
– Pues nos estuvimos riendo un rato. La vi muy bien. Sólo se puso triste cuando me enseñó la cicatriz.
– Dicen que es muy grande.
– Es muy grande, sí, pero eso queda dentro, no se ve.
– Su marido la verá cuando lo tenga.
– Ya, no eso sí.
– Y si es tan grande…
– Lo es, lo es, pero ella es tan bonita.
– Y tan… eso -dice señalándose el pecho.
– Sí, me da mucha envidia.
– ¿Envidia? Pobre Paquita.

Luis me abraza con cuidado, como si fuera a romperme. A veces creo que ocurrirá, que me partiré en dos o en más pedazos, quizás. Odio sentirme frágil, como si cualquier cosa pudiera herirme o romperme. Luis está feliz, dice, de tenerme en casa. Asegura que nuestra cama es su lugar favorito en el mundo si yo estoy en ella. Y ahora, por fin, estoy aquí, junto a su cuerpo, caliente. Luis me abraza y el mundo parece un lugar mejor para mí. Sus manos me acarician y él me dice que soy suave, que todo le gusta de mí.
– ¿Incluso esto? -le digo con tristeza resiguiendo con mis dedos la cicatriz que me recorre. Es un camino blanco que comienza bajo el pecho, baja hasta el ombligo y luego se retuerce en mi cintura para llegar a la espalda. Se supone que es una especie de herida de guerra, el símbolo de mi lucha contra la enfermedad. Eso dicen siempre: “luchó muchos años contra una larga enfermedad”. ¿Luchó? Más bien sobrevivió.
Entonces él me mira y veo en sus ojos tanto amor, tanta necesidad… Resbala desde mi boca por el cuello, rodea mis pechos y una vez allí, en el mordisco, deposita un beso lento y apoya la mejilla en mi estómago.

Juan José y María tienen un secreto: se quieren, se adoran. Los padres de María no saben nada de Juan José. La mujer de Juan José no sabe nada de María. Cansados de sofocar su pasión en bancos y cines, un día deciden ir a un hotel. Ambos están nerviosos. Es la primera vez de ella. Es la mejor vez de él. Ella se desnuda despacio, dándole la espalda y se mete dentro de la cama deprisa porque hace un poco de frío. Él la sigue, con los calzoncillos aún puestos, y cuando levanta las sábanas, buena parte del cuerpo de ella queda a la vista.
-¿Qué tienes ahí, María?
Juan José sube las sábanas para cubrirla y se aleja de la cama. María se ha quedado muda. Él se viste con urgencia.
-Lo siento, María -dice al cerrar la puerta y marcharse.

-Lo hice, Pepita, me marché de allí y la dejé para siempre. Yo quería a esa chica y estaba dispuesto a abandonar a mi joven esposa por ella, pero cuando vi aquella cicatriz, su estómago, tan grande, algo muy oscuro se removió dentro de mí y fui incapaz de tocarla.

Mi abuelo, mi adorado abuelo, me ha contado uno de sus mayores secretos y me mira esperando mi reacción. Yo guardo silencio, porque siento que se me escapa la admiración que sentía por él. ¿Cómo pudo enamorarse de otra mujer cuando acababa de casarse? Iba a abandonarla… Mi padre nunca hubiera nacido, ni su hermana Paquita, ni mi queridísimo tío Antonio… ni yo. ¿Y rechazó a esa mujer a la que tanto amaba porque tenía una cicatriz? ¿Qué decía eso de él?

BASADO EN UNA HISTORIA REAL.

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