Perfecta para mí

Cuando él llega a casa a las dos y diez para comer, ella sigue en la cama, tapada hasta el cuello con la sábana blanca, como si no hiciera el calor pegajoso de un día amarillo chillón. La persiana está medio bajada, de modo que la habitación navega entre sombras cruzadas y traviesas ondas de luz que se demoran en el pelo de ella, ahora rubio, ahora ceniza. Querría acariciarlo, podría hacerlo, pero consulta el reloj y se dice que es muy tarde. Suspira y se dirige a la cocina, donde abre un armario y duda entre cuatro latas. Finalmente, vuelca el contenido de una de ellas en un cuenco que calienta durante un minuto en el microondas. Coge una bandeja y coloca el cuenco, una cuchara, una servilleta y un vaso de vino tinto, y camina despacio de nuevo hacia al dormitorio. Deja la bandeja sobre la mesita y se sienta en su lado de la cama. Toma el cuenco y comienza a comer sin quitar ojo al cuerpo inmóvil de ella. Asoma una breve porción de piel rosada que podría acariciar, besar incluso. Podría meterse en la cama dos minutos y abrazarla. Ella se haría la dormida y se dejaría hacer. Podría hacerlo, pero no lo hace.

Termina de comer y se lleva la bandeja a la cocina. Lava y seca el cuenco, la cuchara, el vaso, luego lo guarda todo y rehace el camino hasta el dormitorio. Ignorándola, entra en el lavabo, se lava los dientes y con hilo dental repasa cada hueco, después coge su peine de carey y se lo pasa despacio por el pelo. Cuando sale, se acerca despacio hasta ella y se inclina sobre su cuello:

– Volveré a las seis y diez, amor mío. Veremos la televisión delante del ventilador, cenaré y nos meteremos en la cama. Te follaré de muchas maneras y tú serás muy buena conmigo, sí, sonreirás y me dirás a todo que sí, porque lo que yo te pido es justo lo que tú deseas.

Él aprieta un punto en la base de su cuello y obtiene la respuesta que espera:

– Sí, amor.

Entonces, la coge entre sus brazos, la sienta ante un espejo con las piernas abiertas y los brazos colgado a ambos lados, y le coloca una bata roja de satén por encima. Extiende su pelo rubio sobre los hombros y le levanta los párpados. En sus ojos azules se ve a sí mismo reflejado y ella sigue sonriendo. No puede evitar besarla.

– Perfecta.

Antes de salir de la habitación, estira la sábana y coloca bien la almohada. Mira el reloj y asiente satisfecho: a las tres en punto estará en el trabajo.

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