El desamor contado

Últimamente nos veíamos mucho. Marisela era como un globito rosa que alguien descuidado ha inflado en exceso, tenso hasta lo insoportable, una maquinaria sencilla a punto de reventar. En nuestros encuentros, ella hablaba y hablaba, mientras yo asentía y asentía. Y lo hacía porque estaba convencida de que Marisela necesitaba escucharse a sí misma, reflexionar en voz alta y cargarse de motivos para una ruptura. Los argumentos apenas variaban, siempre giraban entorno al hecho de que su novio no la respetaba.

—De verdad que no entiendo por qué sigue conmigo. Estoy segura de que en realidad quiere dejarlo, pero prefiere que yo dé el paso, porque es muy retorcido y muy listo. O eso cree él, porque yo le veo venir a la legua. Ayer me escribió a las tres de la madrugada. ¿A las tres? ¿De vedad quieres hablar a las tres? No, lo que quería era joderme el sueño y dejarme dándole vueltas al puto mensaje , que es lo que consiguió… ¿Y sabes lo que me decía, a las tres? “No puedo dejar de pensar en ti. Me colapsas”. Analicemos: “No puedo dejar de pensar en ti”. Joder, pues duerme, y deja que los demás durmamos, sueña, si quieres, pero qué significa que no puedes dejar de pensar en mí. ¿Para bien? ¿Para mal? Y luego lo aclara: “me colapsas”. Hijo de su madre. ¡Que yo le colapso! Él, él me colapsa a mí. Pues mira que bien, colapsados estamos. Pero si me lo dices a las tantas de la madrugada ¿qué tengo que hacer yo? ¿Decirle que se explique? ¿Explicarle yo? ¿Contarnos la Biblia?

– ¿Y si le llamas y lo habláis? -apunto con suavidad.

– ¿A las tres? ¿Para que sepa que me ha dejado jodida? Entonces nos tiramos horas dándole vueltas y vueltas. Y al final, me cabreo, se cabrea y ya no duermo. Le escribí. Le di muchas vueltas para decirle cuatro palabras: “No sé qué quieres”. Y se desconectó, el muy cabrón. Se durmió o a lo mejor no, y solo quería dejarme esperando, despierta y jodida. En fin, pero no sabes la última, que es muy gorda, pero muy gorda. Ya te conté que tiene su casa como los chorros del oro, todo de revista. Pues me ha dicho que si me voy a vivir con él tengo que respetar sus hábitos de orden y limpieza. Que no soporta, palabras textuales, “el caos en el que vivo”. ¿Caos? ¿Yo vivo en el caos? Yo no limpio más que cuando hace falta, y me gusta que las cosas encuentren su propio espacio y se queden allí. No me estorban. ¿Qué tengo muchos trastos? Pues sí, pero es que son mis tratos, y no tengo tiempo ni ganas de reordenarlo todo. Se metió con los colchones que tengo en la habitación de la entrada, las cajas de ropa, con los muebles que recogí de la basura, con el perchero de los abrigos, bolsos y bufandas, con los sacos de carbón que hay en el pasillo, con las velas gastadas que tengo por los muebles…Pero si hasta me dijo que le daba asco acostarse en mi cama porque huele. Que cuándo y dónde lavo las sábanas, si no tengo lavadora. Y ayer va y me suelta que debería usar bragas, porque dice que lo que hago no es higiénico. Pues bien que al principio le gustaba. Ahora no, ahora le parece algo “sucio”. ¡Ah! Y no te lo pierdas, me indigné cuando me soltó lo de las bragas y entonces me sale con lo de que estoy muy poco evolucionada, que debería aceptar que no soy un ser perfecto y que puedo aprender mucho de él.

Llevábamos así más de una hora. Ella quejándose y yo asintiendo. Su discurso ya me parecía siempre el mismo, con pequeñas variaciones. A veces tenía que morderme la lengua para no decirle que él tenía razón en muchas cosas, aunque sus formas fueran incorrectas. Otras veces me indignaba tanto como ella.

-Marisela, cariño, llevas mucho tiempo quejándote de él. Si no eres feliz, ¿por qué no lo dejáis y punto?

Entonces me miró sorprendida.

-Uf, yo no… es que también tenemos momentos buenos y yo, yo creo que le quiero. Es una persona que me complementa en muchas cosas. Conectamos a un nivel muy profundo porque su espíritu es luz.

-Pues es la primera vez que te oigo hablar bien de él en mucho tiempo. Pensaba que estabas harta de él… Y yo, desde luego lo estoy. Con todo lo que me has ido contando has forjado una imagen de él muy negativa. Tengo que decirte que a día de hoy le odio, no le soporto, amiga mía.

-Ayer me dijo que quería tener un hijo conmigo. Siempre he querido tener una familia.

-¿Y lo tendrías con él? -pensé que se tomaría su tiempo para contestar, pero no fue así.

-Sí. Antes creía que no, pero ahora sí.

-Vale, pues te propongo lo siguiente. Por cada cosa mala que me cuentes de él, tienes que contarme una cosa buena.

Marisela sonrió y asintió. Creí que había sido muy hábil con mi propuesta y que así terminaría con el suplicio de nuestras “citas para quejarme de mi chico”. Sin embargo, no fue así. Al cabo de una semana, tras una fuerte discusión, lo dejaron. Ella cayó en una fuerte depresión que le duró meses. Nuestras conversaciones giraron durante todo ese tiempo entorno a él y a sus fallos y defectos. Fue una tortura sin fin.

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