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¿Y si fuera una niña?

IMG_6680Imagino que solo tengo seis años. ¿Te recuerdas a ti mismo con esa edad? Estoy en la cama y mi madre viene a despertarme como cada mañana. La luz entra en mi habitación y mamá me abraza.  Imagino ahora que tengo cáncer. Sí, con seis años. Una putada. Debería estar pensando en jugar, en mis amigos, en el cole, en la Navidad, en los juguetes… Y así es, pienso en todo ello, pero también en hospital, en los médicos y enfermeras, en los tratamientos, en las pruebas, en el daño que me hacen, en la tristeza de mis padres, en mi propia tristeza, en el tiempo que no paso jugando… Pienso que no lo entiendo, que no es justo, que quiero una vida como la de mis amigos, igualita. Pienso que soy bueno, que no lo merezco, que es una pesadilla de la que quiero despertar y no puedo.

Cuando me pongo en la piel de un niño enfermo, pienso sobre todo dos cosas:

– primero que deberían dedicarse muchísimos más recursos de tiempo, personas y dinero de los que se destinan a prevenir y tratar esta enfermedad (y otras, por supuesto) sobre todo para que ningún niño tenga que pasar todo esto,

– y segundo que no puedo quejarme, porque yo tengo la gran suerte de estar viviendo una vida larga y buena.

Nota: dedicado a todos (incluso yo misma) los que alguna vez han creído que lo más importante en este mundo eran otras cosas y que se consideraban dispuestos a luchar por ellas como fuese. Cuestión de prioridades. Creo que lo más importante es luchar por una infancia sin enfermedad, dolor, hambre o maltrato.

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Soy yonquí, sí.

comida y personasDe personas y comidas

Está claro que lo que comemos nos hace bien o nos hace mal, según el caso. Yo por ejemplo no puedo tomar alcohol porque mi hígado está inflamado. Tampoco debería abusar del azúcar, ni de la grasa, ni del marisco. Y ya puestos me miro y remiro los prospectos en busca de ingredientes que ahora sé que no son saludables. Pasta, pan y

arroz procuro que sean integrales. Y he descubierto que me encanta la quinoa y las semillas en general. Evito los fritos y el queso, y como más frutos secos y fruta. Es un pequeño gran esfuerzo, pero todo sea por mi cuerpo.

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De igual modo, he apartado las personas negativas de mi vida, creo que me inflaman el hígado, lo juro. Los que siempre te devuelven su propia queja cuando les explicas tu problema me afectan directamente a la garganta. Me dan ganas de gritarles: ¡Sí, ya sé, tú siempre más!

También me estoy mirando mi afección a los tipo Guadiana. Aparecen y desaparecen sin previo aviso, dejándome desconcertada, preguntándome si habré dicho o hecho algo mal, o si simplemente son personas inconstantes que fluctúan como un péndulo desbocado.

Luego están, por supuesto, los que huyeron a tierras lejanas al escuchar la palabra cáncer. Nunca más se supo. De venir a tu boda a desaparecer en un agujero oscuro y no recibir ni un mensajito al año. A veces pienso que, pobres, igual lo de mi enfermedad es algo que les recuerda lo mal que lo pasaron con alguien a quien querían, pero claro, a continuación pienso que lo que es a mí no debían quererme tanto.

También me he quitado de los tristes, son esos que tienen una vida bastante aceptable, pero siempre encuentran un motivo para alimentar su depresión. Un motivo que suele parecerme tan vano, tan pueril… Me dan ganas de decirles: ¡espabila, suertudo, que yo me cambiaba contigo! Este tipo me inflama el cerebelo, directamente.

De igual modo, me he alejado un poco de los simples conocidos. Yo tendía a creer que todo el mundo era amigo mío y procuraba hacer crecer mi nido para ir acogiendo a más y más amigos. Pero un día te das cuenta de que sólo unos pocos están donde los necesitas y esperas, que sólo unos pocos saben darte amor y alegría como si fuese tu medicina idónea, la que te cura.

Un día descubres que hay nuevos amigos que incluso en la distancia y sin conocerte, son capaces de hacerte llegar la vibración amorosa del universo. Suena muy espiritual, pero es que muchos de los que nos enfrentamos a una situación en la que la muerte se convierte de repente en una posibilidad más cercana, nos da por examinar nuestro interior y procurar conectar con la energía del universo, a ver si se nos pega un poco. Todo aquel capaz de entregarte un trocito de amor universal (ese que no espera nada a cambio y resuena en tu alma), es como una medicina buena y rica, como un jarabe sabor a fresa que nos deja flotando en una sonrisa.

Y por supuesto, aquellos que te rodean y te dan su amor a diario, tus amigos, tu familia, se convierten en el suero de vida del que te alimentas a diario. Te enchufas a su amor y procuras que sientan el tuyo con gran fuerza. El resultado es gente sonrosadita, sanota, feliz. Es como un baño público de salud y amor, en el que chapoteamos y salpicamos todo. Sí, me he hecho yonqui del amor. Lo demás, no existe.

Personas que inspiran, héroes.

¿Qué es un héroe? El otro día vi un breve documental de la NASA sobre el tema. Aparecían personas de diferentes edades diciendo quién era su héroe. Para los niños, lo era un superhéroe o un personaje de dibujos animados, para los adultos era más variado. Un héroe se definía como alguien que te ha inspirado (lo cual me parece muy acertado) y las respuestas iban desde un personaje mítico como Mandela o Martin Luther King, a un astronauta. Pero muchos respondían “mi padre” o “mi madre”. Las personas más cercanas son las que más poder de inspiración tienen para nosotros. Día tras día. Es un ejercicio bonito pensar en ello.

Mi héroe… yo lo tengo claro. Mi héroe es mi padre porque con tan solo mucha ilusión en la maleta, dejó su casa y consiguió forjarse un futuro en una tierra que le acogió con los brazos abiertos, Barcelona. Nos transmitió el valor del esfuerzo y su inteligencia y constancia.

…O quizás mi héroe sea mi madre, que sin su familia cerca, sin amigos u otros apoyos, sacó adelante a tres hijos, firme casi siempre, dulce cuando estábamos enfermos. Qué gran enfermera hubiera sido. Nadie le había enseñado a coser pero ella nos hacía unos trajecitos preciosos a juego.

…O quizás mi héroe sea mi cuñado Diego, la persona más tierna y buena del mundo, que a pesar de padecer una grave enfermedad siempre tiene una sonrisa en la cara y un chiste en la boca.

…O quizás mi héroe sea mi amiga Esther. Lleva años intentando ser madre y, tras varios abortos muy duros y muchos tratamientos, sigue intentándolo siempre con una sonrisa y toda la confianza. Esta vez sí, dulce.

…O quizás mi héroe sea mi amigo Paco, enfermo, con un solo pulmón, y el tío más fuerte, valiente y cabezota del mundo (que descanses en paz, cariño). 

…O quizás mi héroe sea mi hijo Guille, que ha sufrido unos cuantos palos ya en su corta vida (la difícil convivencia de sus padres y la posterior separación, cambiar de colegio dejando atrás a sus amigos, tener dos casas y estar siempre arriba y abajo, que su madre cayera enferma, que su padre se márchese lejos…). Y ahí está, un pedazo de tío con todo el futuro por delante y mucha ilusión en la mochila.

O quizás mi héroe sea mi marido Luis, porque desde el día que supe que estaba enferma, su sonrisa ha sido mi vitamina. Siempre él, que ha aprendido a llorar solo por dentro, sabe decirme siempre la palabra justa, darme el abrazo que me calma y, con su amor incondicional, consigue que cada día sea un regalo que me entrega la vida, gratis, tremendo.

Vale, ya paro, ciertamente hay muchos héroes a mi alrededor, y otros que no he mencionado para no escribir un libro, pero haberlos haylos. Y todos me inspiran para ser mejor, para ser feliz, para ser fuerte. Mis héroes valen un potosí, joder. Ya lo creo

Cara o cruz: vidas y decisiones

cara y cruzInspirado en historias reales, con pequeñas licencias.

Le llamaremos Toni. Era aún un bebé cuando le diagnosticaron polio, una durísima enfermedad que va debilitando tus músculos, que primero te ata a unas muletas, luego a una silla y luego al miedo, entre otros, de dejar de respirar. Toni fue al colegio con sus muletas, pero su movilidad era ya muy reducida. Uno de sus hermanos, de edad similar, dedicó su infancia y juventud a acompañarle a todos lados. En el patio también se quedaba junto a él para que no se estuviese triste y solo, ya que carecía de amigos y no participaba en ningún juego. De este modo ambos se quedaban tristes y solos.

Junto con la fuerza física, Toni perdió también la fuerza de su corazón. La vida le parecía injusta, dura, un fiasco, y todos los que le rodeaban vieron cómo su apatía y tristeza se tornó en dureza y prepotencia. Todos tenían que ayudarle, estar por él, compadecerle y él, a cambio, solo entregaba malas caras y exabruptos. Sin amigos, ni objetivos, su vida fue una decepción para sí mismo y para los que le rodeaban. Toni vive hoy solo en un piso adaptado que le facilitó un organismo público.

Le llamaremos Ana. Era aún una niña muy pequeña cuando un accidente la dejó parapléjica y la condenó a una silla de ruedas. Era una jovencita feliz y risueña y lo siguió siendo durante toda su infancia y juventud. En el colegio, su clase estaba en el segundo piso, pero sus compañeras la subían en volandas hasta allí. De hecho se peleaban por hacerlo, entre risas y gritos. Ana jugaba a todo lo que parecía imposible que jugase, por sí misma o con ayuda de sus amigas. Y cuando fue una mujer adulta, dedicó su vida a cuidar y hacer felices a todos cuantos amaba, por supuesto su marido y sus hijos, y luego de su madre y de una tía, ambas con cáncer. Ana y su silla de ruedas podían con todo y sigue haciéndolo. Hace felices a los demás porque en primer lugar ella es feliz. Sin más.

Toni y Ana tienen edades similares, nacieron en familias muy parecidas y viven ambos en Cataluña. ¿Vidas paralelas? Divergentes. No digo que uno sea mejor que el otro, sencillamente uno decidió y supo ser feliz, y el otro no. Uno decidió y supo vivir, y el otro se rindió. Porque, a veces, uno decide, y otras se deja llevar por lo que puede.

Un abrazo.

Cáncer: no acepto pulpo

IMG_7619Programa First Dates, semana pasada. Una pareja está conociéndose. Ella es médico de urgencias. Él le comenta que ha superado una enfermedad muy grave. No dice el nombre, de hecho deja la frase en suspenso, mientras mira intensamente a su compañera. Ella le contesta algo así: “no la digas, ni la menciones. Además, es mi horóscopo”. Fin de la conversación sobre el tema. Cambio de tercio hacia algo más ligero, menos triste. Al fin y al cabo estamos en la tele, en horario de máxima audiencia, no tocan penas, no.
El caso es que la palabra cáncer es como una especie de “diabólico palabro” del diccionario. Si introduces en Google “palabra cáncer”, ¿sabéis lo que sale? Os invito a probarlo. Sale esto:

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No podía ser de otra forma. No deja de ser irónico que la primera entrada sea “palabra cancerbero”, un perro de tres cabezas que guardaba los infiernos según la mitología griega. Después aparece “grave”, y luego “tabú”.

Siglo XXI, supuesta era moderna. Muchos enfermos de cáncer superan la enfermedad, o luchan contra ella durante mucho tiempo. Otros, es cierto, mueren. ¿No sería mucho más motivador para los enfermos y sus familiares que la enfermedad perdiese su estigma social? ¿Qué pudiese hablarse abiertamente de ella en un medio masivo como la televisión? ¿Cuántas veces se habla de cáncer en la tele si no es para decir que alguien ha caído enfermo o que tras una larga lucha ha muerto? ¿No se supone que es una enfermedad que nos rodea, que todos tenemos conocidos o familiares que lo padecen? Esta sociedad necesita hablar sobre el cáncer, saber más sobre el tema y sobre lo que sienten y necesitan los que la padecen, sobre cómo podemos ayudarles y acompañarles en su camino, sobre cómo está evolucionando el tratamiento, sobre cómo prevenirlo…. Pero sigue tapándose, escondiéndose. Mejor barrer debajo de la alfombra, que nadie se incomode, ni mentarlo. Y en realidad no es justo para nadie, pero, sobre todo, no lo es para los enfermos de cáncer. Muchos llegan a autoconvencerse de que es mejor no hablar de ello, cuando es algo que marcará sus vidas, las cambiará para siempre. Porque una cosa es superarlo, dejarlo atrás, y otra cosa borrarlo.

El cáncer me ha cambiado. ¿Cómo no iba a hacerlo algo que ha impactado tanto en mi vida? Hoy soy una persona diferente, porque he vivido cosas que me han transformado, puede que incluso para bien, a pesar del sufrimiento.

¿Por qué el mal no me esquiva si soy bueno?

img_6981Yo soy bueno. Tú eres bueno. Él es bueno. Nosotros somos buenos. Vosotros sois buenos. Ellos NO son buenos. No lo son. No los conocemos. Nos les ponemos nombre, ni apellido. Es más fácil ignorar a alguien cuando es un completo desconocido, o incluso llegar a odiarle, tras dotarle de los suficientes defectos.
Pero nosotros… nosotros somos buenos. Y por eso es tan injusto que la desgracia nos toque. El mal, la enfermedad, deberían esquivarnos en un gracioso requiebro. Porque no merecemos sufrir. ¿Qué hemos hecho para que así sea? ¡Nada! Pequeñas maldades, nimiedades a lo sumo. Pero en esencia, nuestra bondad debería pesar más. Debería ser suficiente.
Este pensamiento, que tarde o temprano cruza la mente de cualquiera que sufra, es en sí mismo un tsunami devastador. Porque ni soluciona el problema, ni ayuda en absolutamente nada. En todo caso nos hace más débiles, porque nos ancla en el desconsuelo y la queja, y nos convence de que el destino es absurdamente implacable y cruel.
Es más, nos vuelve inconscientemente muy crueles. Porque si yo no lo merezco, ¿quién lo merece? ¿Aquellos a los que odio? ¿Aquellos de los que desconfío? Caramba, debo ser muy justo y perfecto para saber quién merece o no padecimiento… Ergo soy bueno, soy justo, soy perfecto. Yo lo soy, tú lo eres. Ellos NO.

No quiero tu compasión, ¿o sí?

compasionLa compasión no está de moda, porque los sentimientos tristes no lo están. Todos tenemos que ser felices, súper felices, megafelices. ¿Cómo, que no lo eres? Eso está mal, francamente mal. Tómate un prozac ya mismo, o ve a un psicólogo, argentino si es posible. Su melodiosa voz hará milagros en tu espíritu.
Por eso, cuando nos enfrentamos a las cosas tristes que se nos cruzan por el camino, solemos evitarlas, si podemos. Aunque no siempre lo conseguimos. Cuando nos embarga, en realidad nos sentimos más humanos, mejores personas. Porque la compasión -que aunque proviene del latín es un calco semántico del griego simpatía (cuya evolución fue mucho más afortunada)- significa percibir y comprender el sufrimiento de otros y desear aliviarlo. Cuando sentimos compasión acogemos en nuestro interior un poquito del dolor que siente el otro, se nos queda dentro, como una pequeña herida, más o menos perceptible, que cura rápido. El dolor no es nuestro, pero sí humano. Es el dolor de la humanidad ante la injusticia, porque la mayoría considera injusto que otro sufra.
Pero desde pequeños nos han enseñado que la compasión sirve de poco. No podemos cambiar el mundo, no podemos salvar a nadie, en realidad no somos más que compañeros de viaje mudos, ciegos y sordos. Nos lo repiten una y otra vez y acabamos por creérnoslo a pies juntillas.
La compasión ha sido un sentimiento que nunca me ha abandonado y que me ha hecho sufrir mucho por otros a lo largo de mi vida. Además, siempre me he sentido incapaz de ayudar como debía, porque yo, como los demás, me autoconvencí de que poco podía hacer. Poco a poco nos volvemos expertos en girar la cabeza ante el dolor de otro. Aprendemos a no mirarlo de frente, como grandes escapistas que somos. Otros habrá que ayuden, nos decimos. Que sufran otros, que carguen otros, que mi mochila ya está llena con mis propios problemas.
Ahora que mi vida ha cambiado tanto, la compasión se asoma en cualquier esquina. En los ojos de los que me quieren, en los desconocidos que me observan, en las enfermeras que me escuchan y en mi propio reflejo en el espejo. Pero la compasión, aunque duela, es un sentimiento necesario. Qué sería del mundo sin nuestra capacidad de comprender el dolor y sin el bellísimo deseo de aliviarlo. La compasión nos aleja de la oscuridad, nos empuja hacia el amor y nos permite, al fin, ser nosotros mismos.

P.D. : Post inspirado en una anciana pequeñita, muy arrugada, que lloraba en un banco de una calle sin nombre en Barcelona, rodeada de bolsas de la compra que de ninguna manera podía cargar ella sola. Yo iba en un taxi, llegaba tarde. Ojalá me hubiera parado a ayudarla para llegar a su casa. Ojalá hubiera escuchado su historia, ojalá la hubiera hecho reír… Cómo me acuerdo de ella. Le deseo lo mejor.

Rezar, amar y agradecer

img_6863Hermilda, maestra de escuela en Colombia, era la madre de Pablo Escobar, el narcotraficante más famoso de todos los tiempos. Pablo era un ser despreciable y sanguinario, que mató u ordenó matar a miles de personas, y llegó a controlar el 80% de la producción de coca mundial.  Pero su madre lo amaba. Sabedora del infierno de muerte y persecución en el que vivía, solía repetir “la Virgen me lo proteja y me lo ampare”. La Virgen tenía mucho trabajo con Pablo, quien, como era de esperar, acabó de muy mala manera, abandonado por todos, incluso por la Virgen. Supongo…
Como la madre de Pablo Escobar, mi madre también reza por mí. Lo sé, porque ella también es creyente, y porque me quiere como nadie. Pero también lo hacen personas a las que ni siquiera he visto ni una sola vez, hijos de amigos, amigos de mis amigos, incluso seguidores de mi blog.
De verdad, sé que mucha gente reza por mí. Me lo dicen, y yo siempre me emociono cuando lo hacen, porque aunque no soy practicante, admiro a las personas que tienen fe y son capaces de mantenerla. También me parece hermoso que alguien me tenga en su pensamiento y ruegue por mí a menudo. En el universo hay pensamientos positivos, caricias mentales de esperanza especialmente emitidos para mí. Y es casi como si las sintiese, llenándome de dulzura y amor. Gracias, gracias, gracias.

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Tomé las riendas


Hubo un tiempo en el que yo era una persona de acción. Tenía muy claros mis objetivos y pensaba que iba por el buen camino para conseguirlos en función de si había acertado o cometido un error. Me encantaba tomar decisiones, mandar, hacer y deshacer a mi antojo. 
Ahora la vida se ha dado un festín conmigo y me ha demostrado que en realidad mi capacidad de autogobierno es limitada. La enfermedad llegó sin avisar y recuerdo la sensación de que mis metas se esfumaban. Ya solo había un objetivo: vivir. Pero ¿qué podía hacer yo? Los médicos decidían los tratamientos, si me operaban o no, si me hacían una prueba u otra… Y el universo parecía disponer de una varita ultrapoderosa con la que deciidía quién debía continuar o no en la partida.
Desde el principio me declaré en rebeldía. No podía aceptar el papel de espectador que muchos se empeñaban en asignarme. Al parecer lo único que podía hacer era procurar mantener una buena actitud, porque todo el mundo repetía que eso era imprescindible. ¡Fácil! Prohibido hundirse como el Titanic. Poco más. 
Pero yo nunca he sido así. Necesito asegurarme de que estoy haciendo algo efectivo, de que llevo parte de las riendas. Y así, he introducido cambios en mi vida. Algunos importantes, otros más discretos.

1. Cuido mi alimentación. Menos azúcar, más verdura y fruta… Las enfermedades se alimentan de lo que comes.
2. Tomo complementos naturales como el ginseng, la carnitina, el cardo mariano, magnesio… Me han ayudado mucho a reducir los efectos secundarios de los tratamientos médicos.
3. Me he iniciado en el mindfullness y la meditación budista. Poner la mente en blanco es como hacer un reset de tu cuerpo y de tus emociones.
4. Me he acercado más a las personas que más feliz me hacen y me he alejado de las que me producían estrés o tristeza. Fue la parte más difícil, pero también la más importante en esta nueva etapa de mi vida.
5. Acepté que debía dejar de trabajar. Ahora ocupo mis días con mis amigos y mi familia, mis hobbies, mi perrita Cala…. Si no fuera porque tengo demasiadas visitas médicas en mi agenda, podría decir que me encanta.
6. Procuro hablar menos y hacerlo en un tono más bajo. Evito perder los nervios por nimiedades como el tráfico, intentó discutir menos, me permito llorar de vez en cuando a pleno pulmón y hacer más payasadas. Quiero paz, alegría y relax en mis días.

Como veis no se trata de grandes fórmulas, solo son pequeños actos y cambios con los que siento que decido sobre mi vida. Me gusta. ¡Probadlos!

Y ahora echemos unas risas…

Ella tiene un poder

img_6754Cuando era jovenzuela (muy jovenzuela), hice un curso para ser monitor nacional de atletismo. Aprendí muchas cosas interesantes, pero recuerdo que una de las más importantes era evitar la frase “no tengas miedo”. Cuando por ejemplo un saltador de pértiga comienza a correr, eso es lo peor que le puede decir su entrenador. El saltador debe clavar la pértiga y separarse del suelo entre 4 y 5 metros habitualmente (el récord mundial supera los 6). Su cuerpo vuela, literalmente, por encima de una barra. Es una especialidad para valientes. La clave está en correr con decisión, saltar con ambición y soltarse de la pértiga con valentía y fuerza.
Decisión, ambición, valentía y fuerza. Todos tenemos esas cualidades en nuestro interior, pero a veces viven tal sequía mental, que las aniquilamos. Porque mis pensamientos, mi mente consciente, me envía mensajes negativos continuamente, y cuando llega una situación difícil me digo “uy, eso duele”, “cuidado, eso me disgustó la vez anterior”, “odio hacer esto”o “no voy a poder hacerlo, es muy difícil”…  Esos mensajes van alimentando mi subconsciente, de modo que ante una nueva situación difícil algo me retendrá de entrada, condicionándome sin casi darme cuenta. Pero me he dado cuenta de las trampas que mi cabeza utiliza, de las barreras que me coloca. Cuando sé que en breve tendré que “saltar” con valentía porque me espera alguna situación dura, muchos días antes ya siento el miedo agazapado en mí.
Sin embargo, hay también un poder oculto en mí, una fuerza interior esperando a ser llamada a escena. La percibo, está ahí, enterrada en mi subconsciente. Si la llamo, me responde. Si me digo “podré con ello”, “esta vez puede ser diferente”, “será para bien” … de repente todo cambia. No sólo tengo que decírmelo, por supuesto, tengo que creerlo, y ello supone un esfuerzo mental importante y un trabajo interior permanente. Puedo hacerlo. La familia y los amigos pueden ayudarme, pero al final soy yo, solamente yo, la que debo conseguirlo. Buscar mi luz, mi fuerza, mi poder. Ese que forma parte del universo y que todos tenemos.

P.D.: El lunes pasado fallé. Me realizaron una pequeña operación y no estaba centrada. Me costó encontrar mi poder… Dentro de tres semanas tengo otra, y ya lo estoy buscando. Os dejo un pequeño obsequio. Cuando pensé en escribir este post, la canción me vino a la cabeza y me hizo sonreír. Un abrazo.