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Quiéreteme

Cartas a mi hijo
IMG_8101¿Qué ves tú cuando te miras al espejo? Me da la sensación de que ves una imagen de ti   tan ajena a lo que yo veo… Defectos. Eso es lo que ves. Una sucesión de pequeños y grandes defectos. Tu pelo, tu altura, tu postura, tus brazos, tu piel… El espejo te cuenta milongas y tú vas y te las crees. Luego siento tu timidez, la inseguridad que te acecha, como te cierras para protegerte. Siento cómo te torturas a ratos y cómo te liberas cuando algo al fin sale bien. Veo la tristeza de tus ojos ante las cosas injustas que te suceden y también como te giras y caminas en dirección contraria para esquivar su recuerdo…

Yo veo un hombre joven y bellísimo. Esos defectos que tanto te molestan te hacen ser tú: especial y atractivo. Nadie, créeme, nadie, es perfecto. Te recomiendo que los aceptes y los olvides, porque no te hacen ser ni mejor ni peor, sencillamente forman parte de ti y te distinguen del resto. Fíjate en todo lo bueno que tienes y verás que te compensa de largo, porque aunque tú no puedas verlo aún, eres muy afortunado, tanto que me siento feliz y muy orgullosa de ti.

Pero hay algo que realmente me gusta de ti: esa cabecita que tienes le da vueltas a todo y siempre sabe llegar a la conclusión adecuada en las cuestiones importantes. Crecerás mucho como persona en los próximos meses y años, y sé que llegará un día en el que serás más compasivo contigo mismo y también con los que te rodean. Aprenderás a amar sin esperar nada a cambio y a agradecer con el alma todo lo que recibas, tanto si lo has pedido como si no. Y ese, Guille, será el aprendizaje más importante de tu vida, porque en ese momento te darás cuenta de que puedes ser feliz tal como eres y al fin te querrás.

Nota: De verdad, ¡qué diecisiete años tan chulos tienes!

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Cara o cruz: vidas y decisiones

cara y cruzInspirado en historias reales, con pequeñas licencias.

Le llamaremos Toni. Era aún un bebé cuando le diagnosticaron polio, una durísima enfermedad que va debilitando tus músculos, que primero te ata a unas muletas, luego a una silla y luego al miedo, entre otros, de dejar de respirar. Toni fue al colegio con sus muletas, pero su movilidad era ya muy reducida. Uno de sus hermanos, de edad similar, dedicó su infancia y juventud a acompañarle a todos lados. En el patio también se quedaba junto a él para que no se estuviese triste y solo, ya que carecía de amigos y no participaba en ningún juego. De este modo ambos se quedaban tristes y solos.

Junto con la fuerza física, Toni perdió también la fuerza de su corazón. La vida le parecía injusta, dura, un fiasco, y todos los que le rodeaban vieron cómo su apatía y tristeza se tornó en dureza y prepotencia. Todos tenían que ayudarle, estar por él, compadecerle y él, a cambio, solo entregaba malas caras y exabruptos. Sin amigos, ni objetivos, su vida fue una decepción para sí mismo y para los que le rodeaban. Toni vive hoy solo en un piso adaptado que le facilitó un organismo público.

Le llamaremos Ana. Era aún una niña muy pequeña cuando un accidente la dejó parapléjica y la condenó a una silla de ruedas. Era una jovencita feliz y risueña y lo siguió siendo durante toda su infancia y juventud. En el colegio, su clase estaba en el segundo piso, pero sus compañeras la subían en volandas hasta allí. De hecho se peleaban por hacerlo, entre risas y gritos. Ana jugaba a todo lo que parecía imposible que jugase, por sí misma o con ayuda de sus amigas. Y cuando fue una mujer adulta, dedicó su vida a cuidar y hacer felices a todos cuantos amaba, por supuesto su marido y sus hijos, y luego de su madre y de una tía, ambas con cáncer. Ana y su silla de ruedas podían con todo y sigue haciéndolo. Hace felices a los demás porque en primer lugar ella es feliz. Sin más.

Toni y Ana tienen edades similares, nacieron en familias muy parecidas y viven ambos en Cataluña. ¿Vidas paralelas? Divergentes. No digo que uno sea mejor que el otro, sencillamente uno decidió y supo ser feliz, y el otro no. Uno decidió y supo vivir, y el otro se rindió. Porque, a veces, uno decide, y otras se deja llevar por lo que puede.

Un abrazo.

El juego de la esperanza y la decepción

Serie Cartas a mi hijo

decepcionLa vida a veces parece un juego. Todo o nada. Blanco o negro. ¿Quién da más? Es como si el destino, nuestro destino, fuese una burla a nuestros sueños, como si nuestros planes estuvieran llamados a incumplirse total o parcialmente. Creemos que llevamos las riendas de nuestra propia vida e incluso que influimos en la de los demás, pero a menudo nos encontramos gestionando la decepción o el fracaso como buenamente podemos.

Ya sabes que mi vida es ahora como una ruleta. Cuando gano, recibo esperanza, un bonus de tiempo. Cuando pierdo, recibo decepción y dolor. Es una ruleta bastante cruel, la verdad, y me da miedo, pero cada tres meses tengo que jugar, no hay otra. Solo puedo procurar poner cara de póker para que no se me vean las cartas, sonreír y esperar lo mejor.

A otro nivel, espero, esto te sucede a ti también. Me refiero a que nuestras vidas son un cara o cruz, más a menudo de lo que pensamos. Estudias mucho, por ejemplo, para un examen, te sientes optimista, pero ese día estás cansado, o nervioso, o te equivocas en algo tonto, o te preguntan algo que no esperabas, en fin, pueden pasar mil cosas. Y ese examen que tan bien preparado llevabas te brinda un resultado decepcionante. Parece injusto, porque habías trabajado mucho, y te sientes abatido, cansado y traicionado por las circunstancias. Incluso puede que te culpes a ti mismo, que caigas en el “debería de haber….”. A veces las decepciones nos dan lecciones de superación, y en otras ocasiones simplemente nos duelen. ¡O ambas cosas! Hay gente que fulmina las decepciones sin problema. Se levantan y vuelven a la carga como si nada hubiese ocurrido. Otros las acumulan, lo que solo sirve para ser en el futuro más cobarde, o “prudente” como dirían otros. “No lo intentaré de nuevo porque cuando lo hago suelo fracasar y duele”, piensan. ¡Es tan fácil caer en la desesperanza!

No lo hagas, cariño. Concédete siempre la oportunidad, la ventaja de ser optimista ante los retos. Permítete luchar siempre con las ganas de la primera vez y la sabiduría de las siguientes. Juega a ganar, a conseguir, a la esperanza. Y cuando pierdas, no desesperes, pega cuatro gritos, desahógate y vuelve a la carga. Vivir no es otra cosa que seguir intentándolo.

Una buena cita

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Según parece, ya no estoy en la onda. Estoy anticuada, demodé, fuera de contexto. Me lo dejaste claro el otro día: no tengo ni idea de cómo liga un adolescente hoy en día. Recuerdo que te recomendé que si una chica del instituto te gustaba la invitases al cine o a tomar algo, y tú me miraste horrorizado.
-¡Mamá! ¿Pero qué dices? Ahora no se hace eso de ir a una chica e invitarla a saco…
-Bueno, antes podéis ir hablando, claro, en los patios y eso.
-Anda, déjalo. No tienes ni idea de cómo se hace ahora.
-Vale, explícame cómo funciona “ahora”.
-Se le sigue en Instagram, se le dan likes, luego se le ponen comentarios y si contesta, se empieza a hablar. Entonces uno de los dos da su número para abrir un chat en whastapp y ya por ahí se dice lo que toque. Y ya está.
-¿Y ya está?
-Sí. Ya está.
Vale, cariño, ahora tenéis una forma muy práctica de ligar, pero luego, cuando al fin quedes con una chica que te verdad te importe, créeme: más vale que la invites al cine o a tomar algo o incluso a cenar (ya si acaso en la siguiente pagáis a medias). Una buena cita, una que sea memorable, pide eso y risas, muchas risas. Descubre las cosas que le gustan y las que le preocupan, y cuéntale cosas que nadie sabe sobre ti. Ah, y no olvides decirle que te parece preciosa. Te lo juro,vida, esa será una gran cita. Y ese día te vas a acordar de mí.

Del por qué te mimo tanto

Cartas a mi hijo 7

mimarEsto te parecerá una extraña sucesión de pequeños quehaceres diarios, pero lee hasta el final, por favor.

Hoy he ido a comprar al súper tus latas de refresco favorito que devoras como si no hubiera un mañana, un cargamento de patatas fritas (porque todo lo acompañas con patatas fritas) y esas hamburguesas que te encantan y que sólo comes tú, aunque Luis se muera de envidia.
Hoy he hecho tu cama procurando que quede perfecta. Nunca la haces porque sales corriendo muy temprano. He aprovechado para vaporizar colonia en tu almohada. Cuando abras la cama y apoyes la cabeza en ella, te sentirás genial.
Hoy he conectado el ambientador de tu baño por enésima vez. Siempre lo desenchufas para secarte el pelo, pero nunca te acuerdas de volver a encenderlo. Quiero que tu baño huela a flores.
Hoy he ordenado el cajón de tu ropa interior. Siempre buscas las mismas prendas y lo revuelves todo. Cuando vuelvas a buscar te será más fácil encontrar lo que desees.
Hoy he leído un artículo en el periódico sobre creación de nuevas empresas y te lo he enviado por correo electrónico con algún comentario. Creo que te puede ser útil para el trabajo de investigación que te han encargado hacer en el instituto.
Hoy te he preparado, como cada noche, dos emparedados de nocilla para que te los lleves para desayunar mañana. Junto a ellos te he colocado las pastillas de gingseng te que tomas cada mañana. Así no se te olvidarán. El otro día incluso te saqué una del bote y te la dejé allí lista sobre la mesa, junto a un vaso de agua. Tú no la viste y te tomaste otra. Después me preguntaste un poco enfadado que por qué había hecho eso, protestaste diciendo que no era necesario. Yo lo pensé unos segundos y me eché a reír.

– Tienes toda la razón -te dije abrazándote- .¿Sabes, lo que pasa, cariño? Que yo, si hiciera falta, iría poniéndote por la mañana la acera por delante para que caminases…

Acabamos los dos riéndonos juntos. ¡Cuánto te quiero! Tengo que aprender a no mimarte tanto, a dejarte espacio, lo sé. ¡Ya has cumplido 17 años! Pero es que siento que ahora que puedo tengo que hacer todo lo que está en mi mano por ti.  Cuando no esté no tendrás más remedio que hacerlo todo por ti mismo. Ahora te mimo, con ganas y mucho. Perdona. Lo siento. No debería. Lo intento. Te lo prometo.

Ten hijos pronto

Cartas a mi hijo 6

ten hijos prontoNo es una norma válida para todo el mundo. No es un dogma. No es una orden. No es una verdad absoluta. Simplemente es un deseo para ti, querido hijo, porque te conozco y sé que tú entenderás por qué lo digo.

Siempre quisiste tener hermanos, lo pedías con insistencia y a mí me hacía gracias oírte. Pero mi situación no era la ideal. Yo ya tenía cuarenta años y estaba recién divorciada. El cuerpo no me pedía hijos y la cabeza menos. Además, me autoconvencí de que ya había disfrutado la experiencia de ser madre, de que tenía suficiente. Tú no, nunca tuviste suficiente. ¡Querías un hermano! Incluso nos pediste a Luis y a mí que lo adoptásemos cuando te diste cuenta de que con mi edad quizás ya fuese demasiado tarde. Aprovecho para contarte que Luis me dijo hace poco que él no sentía que se hubiera perdido la paternidad porque te tenía a ti, al que sentía y quería como un hijo.

Y ahora así nos vemos, no tienes hermanos y para rematarla, tampoco primos. El otro día me decías que te imaginabas las fiestas señaladas de tu futuro muy despobladas… ¿Recuerdas lo que te dije? Que tendrías tu propia familia con la que celebrarlas, además de la que ya tienes ahora. Tu mujer y tus hijos serán el centro de tu universo. Ponte en ello pronto, disfrútalos y cuídalos mucho, y cuéntales lo loca que estaba tu madre, lo mimosa que era y lo mucho que te quería.

Los hombres no lloran

Cartas a mi hijo 5

IMG_0022Bobo, flojo, nenaza. No llores. ¿De que sirve salvo para que te digan que no eres suficientemente hombre? En las películas los hombres no lloran, en los realities de la televisión sería pecado, y en las reuniones de amigos un suicidio. A mí, que soy mujer, se me perdona, aunque no se aplauda en muchos foros porque se sigue viendo como una falta de control emocional.
Yo siempre odié llorar, en público porque me hacía parecer débil y en privado porque llorar era no solucionar nada, como si callase ante el problema. Sin embargo, las mujeres aprendemos que a veces llorar es una vía necesaria de escape al dolor. Lloras y luego respiras. El problema sigue, pero quizás estés mejor preparada para aceptarlo o luchar. Hijo mío, cuando veas una mujer llorar no la culpes por hacerte sentir culpable de su pena o por no poder socorrerla, simplemente acompáñala y escucha.
Pero los hombres no lloran. Pobres hombres. Hijo, olvida esa estupidez y permítete llorar ante el dolor. Hazlo sin cuestionarte y desde luego sin castigarte. Hazlo desde la sinceridad contigo mismo y nunca pidas perdón por ello.

Déjate querer

Cartas a mi hijo IV

dejate querer.JPGDejarse querer parece fácil, pero a ti te cuesta. No sé muy bien por qué, pero así es. Te encierras en tu concha y cuesta llegar a rozarte, como a tantos adolescentes. Siempre has sido un poco esquivo, introvertido. Desde pequeño aprendiste a separar mundos, a ser discreto y a alejarte de las emociones. Porque las emociones a veces duelen y quizás descubriste que era mejor pasar de puntillas. Te has convertido en un joven introvertido, aparentemente fuerte. Es como si no necesitases a nadie. Pero tú y yo sabemos que no es así. Te conformas con lo que hay, pero en silencio sientes dolor y pena cuando toca.

Algún día ese sentimiento te desbordará, a todos nos toca una o más veces en nuestra vida, y me gustaría saber que entonces te dejarás querer, que abrirás puertas y permitirás que corra el aire. Con el aire llegarán abrazos y besos, llegarán palabras de consuelo, fuerza, llegará el amor de los que te quieren. Además de tus amigos, tu familia te quiere. Y no hay nada más valioso, no me canso de decírtelo. Cuando los necesites estarán ahí, pero tú debes dejarles llegar a ti, que te escuchen, que compartan tus alegrías y penas, tus preocupaciones y esperanzas. Debes compartir tu vida, compartirte tú. Recibirás mucho, pero recuerda que tú deberás dar más. Sé generoso con los que te quieren, mucho. En todos los sentidos y siempre.

Déjate querer, quiérete y quiere. Mi peque, mi dulce, mi amor.

Nota:
4 condiciones básicas para recibir y dar amor:

  • decirlo a menudo, mínimo 2 veces al día
  • devolver con ganas los abrazos y darlos gratuitamente al menos 3 veces al día.
  • besar mucho, pero mucho.
  • tocar mucho, pero más.

Cuando digas te quiero

Querido hijo:

Hay momentos mágicos que marcarán tu  vida para siempre. Uno de ellos será cuando digas TE QUIERO por primera vez. No un te quiero mucho o un cuánto te quiero, no. Me refiero a un te quiero libre de matices, desnudo y a la vez completo.

Dicen que lo más importante no es lo que puedes comprar con dinero, y créeme cuando te digo que el amor será lo más valioso de tu vida. Cuando seas tan afortunado como para recibir y entregar un te quiero por primera vez, detente en ese instante, graba en tu memoria los pequeños detalles que lo rodeen y podrás revivirlo una y otra vez.

Cuando digas te quiero entregarás una parte de ti a la mujer que ames. Procura que esa parte sea la mejor versión de ti mismo. Junto con el te quiero entrégale alegría, comprensión, amistad y respeto, pero hazlo cuando estés convencido de que ella lo merece. Así pues vende caros tus te quieros y sé sincero. Y a mí, aunque esté muy lejos, mándame un te quiero mucho y recuerda que mi amor siempre va contigo.
P.D. Estoy en Roma, junto a la Fontana de Trevi. Espero que algún día vengas aquí y te acuerdes de mí como yo lo hago ahora. Te adoro.

Cartas a mi hijo: prólogo


messagebottleQuerido hijo:

Inicio hoy una serie de mensajes dirigidos especialmente a ti. Llevo más de un año con este blog y siento que he contado casi todo cuando tocaba. Si continuase por el camino que hasta ahora seguía, comenzaría a recrearme en sentimientos que ya he explicado y que no deseo seguir removiendo. Baste decir que sí, que mantengo la esperanza de permanecer aquí cuanto pueda, pero que el miedo al futuro también me acecha en cada esquina.
Quizás alguien se pregunte por qué elijo esta vía para dirigirme a mi hijo, una vía abierta a todo el mundo, en lugar de buscar un espacio más íntimo, compartido solo por nosotros dos. No hay solo una respuesta. En primer lugar, escojo este lugar porque permanecerá siempre a su alcance, junto con mis anteriores escritos. En segundo lugar, tal vez lo que le cuente sirva a otros, nunca se sabe.
Hijo mío, acabas de cumplir diecisiete años, pero yo te miro y sigo viendo al niño que tenía en brazos y arropaba con mimos. Sigo viendo tu carita traviesa jugando con tu supermán de plástico. Eres casi un hombre y a menudo me sorprendo con alguno de tus razonamientos maduros, pero luego te miro a los ojos y veo a mi pequeño. Supongo que siempre sería así. Pero creces, tan rápido que el niño se me escapa. Un metro ochenta, barba incipiente y unos ojos penetrantes que no se pierden nada. Sé que soy demasiado protectora, que muchas veces sigo tratándote como a un niño, pero es que me gustaría detener el tiempo en este instante, abrazarme a ti, cerrar los ojos y tan solo sentirte. Cada vez que te abrazo es un vano intento de retener tu esencia en mí. Sé que vendes caros tus abrazos, pero déjame darte muchos y largos, muy largos. Quédate conmigo.