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¿Vives en una celda 2×1,5?

IMG_8015Alcatraz tiene malas vistas, desde las celdas apenas alcanza para ver un trozo del patio, un pedregal inhóspito, gris y azotado por un viento frío que no llega a arrastrar ni una sola gota del agua que rodea la isla. Me asomé a los ventanucos de varias celdas hace unos años y la sensación de desamparo y aislamiento era brutal. En aquellas celdas que apenas permitían estirar los brazos a lo ancho o caminar más de dos pasos a lo largo, la vida se volvía estrecha de miras, apretada, agobiante. Nada que hacer, salvo trabajar en cuanto que te ordenasen y comer lo que te pusiesen en el plato. Las normas eran muy estrictas y todos los reclusos debían aprenderlas de memoria gracias a un pequeño librito que te entregaban al ingresar en la prisión. Las 53 reglas y normas de Alcatraz.

Pero bueno, ¿quién no tiene normas? Nuestra sociedad funciona desde que hay reglas. Sin embargo, muchos de nosotros vivimos sin saberlo en un celda de 2×1,5. Es un espacio personal en el que nos sentimos megacómodos. Está enmarcado por líneas divisorias imaginarias que nos ayudan a separarnos de todo aquello que nos resulta extraño, diferente o peligroso. Y así, nos mezclamos con nuestros iguales y miramos con recelo a los demás. Repetimos una y otra vez comportamientos y criticamos los que no se parecen a los nuestros. Defendemos rojo o azul. Que se mueran los rojos. O los azules. Y derramamos en nuestros hijos nuestra percepción del mundo, de modo que éstos la perpetúen. Y ya está. Qué bien se está en mi celda. Qué cómoda y segura es. Qué limpita la tengo. No tengo buenas vistas, no veo lo que sucede más allá de mis narices, pero no importa, porque he decidido que no lo necesito, que lo que haya no me interesa en exceso, que podría ser peligroso aventurarse a descubrirlo.

La vida me ha dado un bofetón y he encontrado una llave. La voy a usar en mi celda. Bingo, funciona. Salgo y camino fuera. Resulta que hay otros que también han salido. Nos reunimos en el patio. Hace sol, no se está nada mal. No conozco a nadie, son diferentes, pero interesantes. Hablamos y cada uno parece conocer una parte del mundo, posee una historia que contar y conoce secretos diferentes a los míos. Yo conozco unos cuantos. Respiro y el aire que entra en mis pulmones es el mismo que respiran los demás. Si nos quedamos aquí un rato, todos nos tostaremos con este maravilloso sol que me calienta y nuestras pieles se igualarán. También creo que si charlamos lo suficiente llegaremos a conocernos bien, incluso a echarnos de menos. Creo que estamos preparados para coger un barco y abandonar la isla. Creo que hay mucho por descubrir y aún más por vivir. Aquí comienza la aventura, ¿quién se apunta?


Nota: A veces la vida tiene que darte un buen guantazo para que te decidas a salir de tu celda. El mío aún me duele, pero quizás haya valido la pena. 

Bordes no, gracias

warLlegamos a nuestros asientos en el cine. Somos tres pero una de nuestras butacas está ya ocupada por un niño.
-Disculpe, tenemos este asiento también -le indico a un hombre de unos cuarenta años que parece el padre.
-No creo -responde. Y ahí lo deja. No hace amago ni de comprobar sus entradas. Es más, aparta la mirada y se concentra en su móvil.
Este tío es un borde, pienso, pero me lo callo. Releo y releo nuestros tickets. Insisto, tenemos esos asientos, pero el hombre me ignora, como si yo fuese un insecto molesto. Una mujer en la fila contigua, supongo que la pareja del borde, interviene al fin:
-Nosotros tenemos esos asientos, uno en esta fila y dos en esa -asegura mirando los tickets.
-¿Podría revisar las filas, por favor?
La mujer vuelve a mirar los tickets y finalmente…
-Es verdad, en esa fila solo tenemos un sitio, confundimos las filas.
No media ninguna disculpa. El hombre sigue impasible, mirando a la pantalla. Y nosotros por fin tomamos asiento.

Cuando una de tus máximas en la vida es procurar ser amable con todo el mundo, a veces te llevas la sorpresa de que algunas personas no invierten ni un segundo de las suyas en ser amables con los demás. Esto puede parecer deprimente, pero es así. Sin embargo, este blog se llama PepaSonríe por un motivo muy importante: para recordarme que el cáncer no va a amargarme la vida, de modo que mucho menos debería hacerlo una chorrada como la que explicaba del cine. Lo cierto es que pensé: sí, este tío es un borde, pero él es el que más lo sufre, así que olvídalo.
La gente borde -que haberla hayla aunque los considero una ruidosa minoría, la verdad- es incapaz de ser cien por cien feliz y resultan tóxicos por contacto. Un borde contamina, destruye, ensucia. Un borde será el impulsor de una majadería, de una disputa, de una guerra. Todas las guerras fueron obra y gracia de un borde, sin excepción. Aléjate de los bordes porque su mal se contagia.
Debería haber escuelas para bordes, lugares en los que desaprendieran malos hábitos, donde practicaran sonrisas y comprendieran lo que es reírse de uno mismo y reírse con los demás. ¿A que sería guay? Pues eso, petición a los reyes magos ya.

Gracias

IMG_7956Creo que nuestras vidas están llenas de pequeños milagros, cosas buenas que pasan continuamente y a las que a menudo no damos importancia. Es porque están inmersas en lo cotidiano, coloreadas por el tinte de lo habitual. Un niño da sus primeros pasos, tambaleándose, temblando inseguro y el noventa y cinco por ciento de las veces caerá de culo, desafiando la ley de la probabilidad. Nadie le ha enseñado a hacerlo, pero él sabe que mejor caer de culo…
Un grupo de niños juega alrededor de una piscina. Los padres no les quitan ojo. Saltan al agua, corren por el suelo mojado, se empujan. El noventa y nueve por ciento de las veces no hay accidentes, a pesar de las veces que los observadores adultos se quedan con el “ay” colgado en el pecho.
Un hombre y una mujer se encuentran y se enamoran. Se aman durante mucho tiempo. Parece fácil pero no lo es, todos los sabemos. Es un pequeño milagro dar con la persona adecuada, con ese alma gemela que asegura nuestra felicidad.
Y luego están los grandes milagros, los que nos dejan sin habla, sin aliento, porque no podemos explicarlos sin atribuirlos a la intervención de algo o alguien que nos sobrepasa y nos conmueve.
En mi última operación, la biopsia final indicaba que, a pesar de haber extraído el tumor del hígado, habían quedado restos tumorales. Sin embargo, siete meses después un tac indica que no hay enfermedad visible. No sé si será un milagro divino o una suerte loca, pero prefiero pensar que es un milagro, y no porque yo sea una persona creyente, no solía serlo, sino porque hay muchas personas que rezan por mí, algunas sin conocerme en persona, y sería hermoso que su fuerza y su fe fuesen capaces de obrar milagros, pequeños o grandes. Ya digo que yo no era creyente, y ahora no sé qué soy. En realidad anhelo creer, porque entonces muchas cosas cobrarían más sentido en mi vida. Creo que todo sería un poco más hermoso, porque mi fe se está sustentando en la bondad humana y no dejo de verla en todo cuanto me rodea.

No sé cuánto durará esta situación -los médicos me avisan de que no puedo confiarme-, pero hoy por hoy disfruto de mi pequeño gran milagro. Gracias.

Llévame a la playa, amor

IMG_7912Llévame a la playa, a respirar aire azul,
aire fresco, aire salado.
Llévame sin prisas, con ganas de siempre,
con risas y hasta noviembre.
Tráeme chancletas, un bikini, una toalla y un pareo,
Y me quedo aquí a vivir, con lo puesto.

Llévame a la playa y no te alejes.
Dame masajes de arena y duchas de gotas marineras.
Tráeme un helado de limón y compartamos boca.
Tráeme tu cuerpo calentito y compartamos piel.
La miel, para diciembre.

Ahora quiero tu lengua salada,
quiero el juego de tu sonrisa,
el vaivén de tu pelo en la brisa,
y el sostén de tu mano en mi espalda.
Porque a veces me caigo, tonta de mí.
A veces no me levanto.
Pero si tú estás ahí,
no hay lazo que retenga
ni miedo que me detenga.

Venga, llévame a la playa y, si acaso, allí me dejas.
Hay una luz a lo lejos que me espera
y, si la alcanzo, quizás, sólo quizás,
me quede en tierra.

Mi camino salvaje

caballo“ Sam, ¿qué haces aquí, en tu camino salvaje?”. Lo cantaba Chris Rea, en su canción Road to Hell. De todos los caminos posibles, ¿acaso hay alguno que no sea salvaje? Creo que nuestras vidas transcurren por senderos descontrolados, inciertos y a menudo peligrosos. El problema -o la ventaja- es que pocas veces lo sabemos.

Una madre amorosa le coloca en el pelo por la mañana un lazo rosa a su hija de ocho años. La niña se va feliz al colegio y su madre estresada al trabajo. Mientras conduce, alcanza a un camión que va demasiado despacio y decide adelantarlo, justo cuando otro conductor, un repartidor de paquetería que se casa dentro de unos meses, viene en la dirección opuesta. Se alcanzan, chocan, mueren. La novia llora su pérdida y piensa en el precioso vestido blanco que había elegido. Él ya no la verá con él. La niña llora su pérdida. La mujer no tuvo ni siquiera la oportunidad de despedirse. Un lazo, un coche, oscuridad…

Me diréis que todos sabemos que estamos expuestos a la muerte, que las cosas son así. Pero mientras, caminamos por un hilo finísimo y lo hacemos con tacones de aguja, apurando al máximo y descuidando tantas cosas…  Pero es que nuestra inconsciencia es nuestro punto de agarre. No podríamos ser felices asumiendo lo salvaje que es nuestro camino y lo poco que pesan nuestros planes y deseos en nuestro devenir.

Pero algunos lo saben, de un modo u otro, perciben perfectamente el camino y sienten miedo. A falta de riendas, se agarran con fuerza a las crines de su caballo desbocado, clavan espuelas y él parece retenerse, incluso puede que te mire y pregunte: “Pepa, ¿qué haces en tu camino salvaje? “Procuro aprovechar cada segundo que me regala la vida, me aferro a los momentos hermosos, disfruto del aire que respiro y del sol sobre mi piel”, respondo, “¿podrías ir un poquito más despacio?”. Él parece entenderlo, lo veo en sus ojos, pero le encanta correr hasta que el suelo desaparece por mi camino salvaje.

Sobre árboles y rasguños

arbolEstoy en la selva costarricense. Hace un calor de mil demonios y la humedad es insoportable. Pero estoy feliz, la naturaleza es abrumadoramente hermosa y yo estoy de vacaciones con una amiga, a la que llamaremos Ana. Caminamos en línea, con un guía abriendo camino y otro cerrándolo. Somos siete turistas, con nuestras botas nuevas, nuestras gorras mojadas, kilos de antimosquitos y nuestra mochila de supervivencia del Decathlon.

– Si grito “go up!”, todo el mundo tiene que subirse corriendo a un árbol -nos avisa repetidas veces el guía principal.

“Ya… ésta es una selva peligrosísima… llena de animales salvajes y…turistas… claro…”, pienso sonriendo para mí. “Y además, ¿subirme a un árbol? ¿Cómo c… se supone que se hace eso?”. Y se lo digo riéndome a Ana, que mira a su alrededor con recelo.

De repente, el guía susurra.

– Shhhhhh…. Hay un rinoceronte a dos metros, tras esas ramas. No os mováis, no habléis.

“Vaya, un rinoceronte, como en el zoo”, pienso, y miro sonriente a Ana, que está un poco más pálida.

Muevo unas ramas para ver si efectivamente está, y allí está EL RI NO CE ROOOOON TE. Es un ejemplar gigante, negro, de esos que parecen articulados, duros, como un armadillo descomunal. El animal se gira y nos mira directamente. Las piernas me empiezan a temblar y me quedo muda. Entonces escucho un grito que resuena en toda la selva: “¡GO UP!”.

En tres segundos estoy encaramada a un árbol. Desconozco cómo he llegado allí pero mis piernas y brazos están llenos de rasguños. El árbol, un poco alfeñique, se balancea por mi peso. Ana aún busca el suyo y me mira desesperada.

– ¡Aquí hay uno, Ana, sube, sube! -le grito señalando uno junto a mí.

Pero otro turista también lo ha visto y se sube, no sin esfuerzo. Ana lo fulmina, y yo comienzo a lanzarle patadas.

– ¡Éste era para Ana, quita, vete, Anaaaa!

Esta historia, verídica, me la contaba una buena amiga ayer. Cómo me reí imaginándola en medio de la selva agarrada a su arbolito. Y me hizo pensar en cómo creemos que nunca nos pasará nada, en que las situaciones siempre están bajo control, aunque muchas veces el peligro o la malaventura esté a la vuelta de la esquina. También pensé en cómo ante la adversidad, muchas personas demuestran un sorprendente arrojo y valentía, para con ellos mismos y para defender a los demás.

Vuelvo, un momento solo, a mi propio proceso. Durante estos años me he encaramado a muchos árboles y los rasguños han sido a veces muy profundos. ¿Cuántos árboles me quedan? ¿Cuántos rasguños? En el fondo ojalá que muchos, pero os digo una cosa: tengo las rodillas hechas polvo. Un abrazo a todos.

P.D.: Como veis he cambiado mi imagen en los dibujos que acompañan mis posts. Es que mi pelo ya ha crecido bastante. Os dejo aquí foto de hoy. Un abrazo de nuevo.

melenita ya

Favores gratis, amores gratis

IMG_7589.JPGLíbrame de todo mal, le pedíamos a Dios. Y Dios raramente nos libraba.
Mamá, no te mueras nunca, y ella, finalmente, nos dejaba.
No me dejes solo, ni de noche ni de día, le rogábamos a nuestro ángel de la guarda. Y él raramente se hacía sentir.
No me dejes nunca, le pedíamos a nuestro amado. Y él raramente se quedaba para siempre.
No me falles nunca, amigo mío. Y él, incluso él, algún día nos fallaba. Y nosotros a él.

Nos empeñamos en convertir en infalible lo que por naturaleza no lo es. Siempre esperando, exigiendo demasiado. Por eso, en algún punto de nuestra existencia, llegamos a convencernos de que la vida es una sucesión terrible de desengaños que no tiene solución.

O quizás sí. ¿Y si aprendiésemos a desear mucho, pero esperar poco? Me explico. ¿Y si todo cuanto recibiésemos de bueno lo considerásemos un suceso inesperadamente mágico y maravilloso? Si agradeciésemos lo bueno y dejásemos pasar lo malo. Si en  lugar de pedir, acogiésemos, si en lugar de exigir, sonriésemos con amor ante los regalos inesperados. En todo caso seríamos más felices, ¿no? Visto así, ¿no os pone los pelos de punta que por ejemplo un nuevo jefe os diga “espero mucho de ti”? Jeje.

Pero hay otra sentencia aún más memorable: “si tú me das, yo te doy”. ¿Y quién debe dar primero?, me pregunto. ¿Cómo se inicia el intercambio de favores y amores? ¿Paro en cuanto me falles? Estoy cansada de esta dinámica. Favores y amores deberían ser gratuitos, amables, desprendidos por naturaleza. Quiero ser más feliz y lo soy si pienso que el mundo puedo girar de otra forma más compasiva y sencilla. ¿No os parece? Un abrazo.

Contenta, casi siempre.

tornado

Se supone que tengo que estar contenta. Y lo estoy. Casi siempre.

Imagina que vives en una región americana en la que la temporada de tornados llega cada año. Tienes pavor a los tornados, porque ya han arrasado unas cuantas veces tu casa, tus tierras…. Incluso provocaron la muerte de unos vecinos a los que apreciabas mucho.

Dentro de poco llegarán de nuevo y tú preparas tu casa como sueles hacerlo. Ahora todo está en calma, el cielo es azul y la hierba se mece suavemente al compás de un viento suave, agradable. Todo está como debe estar. Pero no durará, lo sabes. De modo que la inquietud te ronda conforme avanzan las semanas. Recuerdas situaciones vividas anteriormente y te estremeces. Recuerdas el miedo en el rostro de los que amas y te estremeces. Y luego sonríes, porque ahora todo está bien, te recuerdas. Quizás lleguen los tornados y pasen sin hacer mucho daño. Tal vez la preocupación que ahora te embarga sea en vano. Pero tengo que asegurar mejor las ventanas, te dices, mejor estar bien preparado.

Así me siento, asegurando las ventanas y acumulando provisiones para cuando lleguen los tornados. Aprovecho para disfrutar cuanto puedo, para acumular buenos recuerdos y asegurar sonrisas. Me rodeo de gente que me brinda mucho amor, paz, alegría. Me lleno de todo ello para sentirme bien provista, fuerte ante la adversidad. ¿Contenta?  Sí, casi siempre… Procuro no pensar en ello, pero es inevitable: vendrán los tornados y dan miedo.

Contigo

El sol calienta mi piel, pero si siento que hoy me calienta hasta el alma es porque tú estás junto a mí. Cuando hace frío y me arropas con tu cuerpo, solo podrías ser tú. 

Si la luna me parece hermosa es porque la miramos juntos.

Las cosas dulces lo son más cuando tu boca también las roza.

Hay muchos momentos hermosos, pero todos ellos lo son más cuando los compartimos.

Incluso aunque no estés junto a mí, te siento cerca. Como si mi piel retuviese tu esencia. 

Y así, sé que la vida vale la pena. Siempre. 

El dolor pasa, se olvida, se aleja. El miedo se esconde y la tristeza es pasajera. Porque si tú estás nada malo me llega. Quédate conmigo siempre, amor, quédate y no te pierdas.

Be water, my friend.

angryA estas alturas resulta que soy una indignada, pero no de plaza y pandereta, no, soy una yonqui de la indignación. Me explico, creo que me indignan demasiadas cosas y que no me quito de encima la indignación con la suficiente agilidad. Me indigna sobre todo la vileza: la falta de compasión, respeto o justicia, me enerva.  Está bien, pensaréis, pero no lo está tanto, de verdad. Porque cuando me indigno, se crea un runrún en mi cabeza que no para en días. Le doy vueltas y vueltas, lo desmenuzo, lo troceo, lo pico, lo muelo y hasta que no se deshace en el aire, lo mío me cuesta.

Además, estaría bien si mi indignación se limitase a los grandes problemas del ser humano, pero no, resulta que me indigno también por nimiedades, pequeñas cosas a las que doy demasiada importancia. Éstas se me pasan rápido, pero solo en apariencia. El runrún sigue de nuevo en mi mente, analizando el por qué y el cómo, como si me hiciera falta dejarlo claro y lisito en mi cabeza.

Y no, no es así. Porque la indignación nunca está exenta de ira y rabia, y eso va directo a mi hígado, según me han dicho. Una vez en mi hígado, vete tú a saber qué hace, pero desde luego parece que nada bueno.

Estoy hasta el moño de indignarme tanto. Estoy indignada con mi indignación, y no, no es un trabalenguas, en una puta manía, una estupidez supina, que me entristece. Así que relax, don’t do it, como decía Frankie. Pepa, aprende a pasar de los inconvenientes y a relajarte rápido ante lo que no te gusta. Don’t worry, be happy, como decía Bobby. Estoy en el buen camino, porque lo primero, como siempre, es ser consciente de ello y tener la firme voluntad de mejora.

Un abrazo.