Archivo de la categoría: emociones

Céntrate, Pepaaa

img_7020Pepa, hoy te voy a hablar en tercera persona, a ver si te enteras. Estás estresada, preocupada por lo que está sucediendo a tu alrededor. Como si todo ello fuese vital para ti. Pero no lo es, lo vital es tu paz interior. Pepa, concéntrate en estar bien contigo misma y con los que quieres. Concéntrate en respirar y sentir el sol o la lluvia sobre la piel. Céntrate en lo que te hace feliz y concédele una importancia relativa a todo lo demás. La vida tiene fecha de caducidad, así que asegúrate de saborearla al ciento por ciento. ¿Qué es eso de no dormir bien? ¿Cómo puedes estar tan preocupada y triste?  Deshazte del sufrimiento innecesario, porque no es empatía sana, sino una forma de contagio emocional que no te beneficia en nada justo en este momento. En 17 días pruebas médicas, así que ahora procura soñar con los angelitos y descansa. ¡Pepaaaaaa!

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Estoy bien, gracias.

IMG_8124Cuando la gente me pregunta que cómo estoy, siempre tengo dudas sobre lo que responder, porque estoy muchas cosas. No puedo decir que estoy curada, porque no lo estoy, solo que de momento estoy bien. Alguno pensará que eso es lo que todos diríamos, que de momento bien y otros me corregirían: estás bien, quita el de momento y no seas negativa. Sí, supongo que a veces puede salirme una cierta vena negativa, pero en realidad yo lo veo como una correcta dosis de realismo. Veréis, todos los médicos que he consultado se han asegurado siempre de dejarme muy claro que la recaída era segura y rápida. Ahora mismo estoy bastante bien, comparado con otros momentos anteriores, las pastillas de tratamiento hormonal parece que están haciendo efecto y no crece un nuevo tumor en el hígado. Las pastillas tienen efectos secundarios molestos: manos débiles y agarrotadas, dolor en los pies y caderas, cansancio… pero aparte de eso, estoy muy bien. Lo importante es que la metástasis me ha dado una tregua.

Cada tres meses paso unas pruebas para ver cómo sigue y quizás eso sea lo más duro, porque entonces el miedo es inevitable. Normalmente consigo apartarlo de mi pensamiento, me concentro en vivir un día tras otro, disfrutando todo cuanto sé y puedo, pero tarde o temprano recuerdo las palabras de mis médicos y un pensamiento negativo crece en mi cabeza, lo suficiente como para estropearme el día. Conforme se aproxima la prueba, entro en pánico. Disimulo ante casi todo el mundo, pero estoy muerta de miedo. Tres meses pasan rápido, así que me siento en un carrusel de emociones y todo se mezcla y confunde. Estoy triste porque amo mucho, río mucho y a ratos lloro, adoro mi vida y la temo, agradezco la suerte de tener el marido y el hijo que tengo, y después me quejo de mi mala suerte, y así, en un cruel juego de contradicciones, se me pasan los días. Me queda un mes para las siguientes pruebas y ya siento como mi humor se transforma a menudo en melancolía. Entonces me gustaría tener a todas las personas que aprecio muy cerca, tocarlas, sentirlas, porque así dejo menos huecos para la tristeza.

Volver al camino

IMG_8086Me pierdo. Voy por un sendero estrecho, con algunas piedras, a veces empinado y a veces resbaladizo. La lluvia ha dejado charcos que en ocasiones forman pequeños lagos en los que podría hundirme. Pero el camino siempre está más o menos claro. Si sigo por ese camino llegaré a casa. Sin embargo, a menudo me distraigo con menudencias: un árbol a lo lejos que parece cargado de un llamativo fruto, un precipicio al que apetece asomarse, una montaña que oculta un paisaje diferente… Y yo, que soy curiosa por naturaleza, suelo investigar saliendo del camino. Y el caso es que la aventura no es lo mío. Siempre he preferido las situaciones controladas. Durante un tiempo me convencí de que lo estresante era en realidad divertido y los obstáculos una oportunidad, pero ahora resulta que probablemente tanto estrés y tanto obstáculo lo único que consiguieron es que mi cuerpo se volviese contra mí, devorándome. Ahora me como un pecho, luego el hígado, luego te robo las trompas y ovarios, luego te castigo con una buena dosis de bilis extraviada… en fin, una putada a la que, al parecer, yo contribuí en mi sinrazón de abandonarme al estrés, la ira y tensión. No era mi camino.

Porque todos tenemos nuestro camino, nuestro lugar en el mundo dedicado solo a nosotros. En ese espacio estamos a nuestras anchas, cómodos, libres, tranquilos, rodeados de los que amamos, felices o tristes, pero siempre sinceros con nosotros mismos, en paz. Nos perdemos, muchas veces, por deporte, por estupidez, por avaricia. Y el camino se diluye, se aleja, desaparece.

He vuelto a mi camino, a mi espacio de luz y calma. A ver si consigo permanecer aquí tranquila hasta que la felicidad me encuentre por todos los costados y me alumbre.

Un abrazo.

Tal como soy

IMG_8074A menudo escucho un mantra que repite que “hoy me acepto y me amo tal como soy”. Es fácil decirlo, pero no tanto sentirlo de verdad. Creo que no me quiero lo que debería, porque en realidad me siento demasiado imperfecta para ello. Conozco bien mis defectos y no me gustan. He convivido conmigo misma durante demasiados años para, a estas alturas, mirar hacia otro lado y cuando me miro de frente, no me gusta todo lo que veo.
Si echo la vista atrás, entonces veo todos los errores que cometí. A menudo conscientemente, no fue un accidente. Y me doy cuenta de las muchas veces que culpé a los demás por las decisiones que me vi “obligada” a tomar.
Sin embargo, una cosa es cierta: nunca actué por maldad. No lo permití. Erré, pero por otros motivos: cobardía, envidia, rencor, ira…
Me he pasado la vida exculpándome, y ahora, al escuchar ese mantra, me pregunto si de verdad seré capaz de amarme tal y como soy. La enfermedad me ha llevado a revisar a fondo mi existencia. Así, he procurado perdonar a aquellos a los que guardaba rencor, porque el odio solo me hacía sentirme más triste.
Y ahora quedo yo. Aquí estoy, reconociéndome en el espejo. Mira, esa soy yo, intentando ser mejor para merecer el perdón del universo. Y no es que crea que eso puede curarme, no, es que quiero vivir este momento, este día, este mes, este año… cuanto tenga, aferrada a lo bueno que hay en mí. Solo entonces me siento más valiente, más fuerte y, sobre todo, más digna de ser feliz, tal como soy.

Del amor y del odio.

IMG_8058La sorpresa te deja sin saber qué decir. Sientes rabia, pero una rabia sorda, de la que te deja mudo. No conoces a nadie que haya muerto -no te toca tan de cerca-, pero esa noche, no duermes bien. Los siguientes días sientes tristeza y más rabia. Casi prefieres no pensar en ello, pero una y otra vez el recuerdo vuelve, porque todo cuanto te rodea parece estar ahí para que no olvides. Nos vamos unos días fuera, a Madrid, lejos de tanto dolor y de conversaciones recurrentes, porque, sin querer, queremos hablar de ello una y otra vez.
Junto al hotel en el que nos alojamos está El Horno de San Onofre, una de las mejores pastelerías de la ciudad. Desde la calle en el cristal puede leerse “Todos somos Barcelona”, junto al símbolo de la paz. Todos los días desayunamos allí.

-¿Quieres probar la pasta favorita de Florentino Díaz? -me dice el que parece el dueño señalándome una rosquilla bañada en crema con una pinta buenísima.
-Pues, sí, muchas gracias.
Lo cierto es que está riquísima.
-Póngame una cajita para llevar, que me vuelvo a Barcelona. Por cierto, me ha gustado mucho el mensaje que tiene fuera.
Él asiente despacio y su rostro se entristece.
-Lo hemos sentido mucho -dice señalándose el brazo, para mostrarme que se le ha erizado el vello -. Me emociona…
-Ya, ha sido muy triste…
Y entonces, después de cinco días del atentado, no puedo evitar llorar al ver a aquel hombre emocionarse. No conoce a nadie que haya muerto -no le toca tan de cerca-, pero su tristeza me roza y, por un instante, me siento tan cerca de ese desconocido que me gustaría abrazarle. Me contengo, la pastelería está llena y el momento pasa.

En Cambrils murió una mujer apuñalada. Según explicó en la televisión alguien que la conocía, estaba luchando contra la enfermedad desde hace tiempo. Es lo que suele decirse de los enfermos de cáncer. Paradójicamente, éste no acabó con ella, sino el odio de un desconocido.


¿Vives en una celda 2×1,5?

IMG_8015Alcatraz tiene malas vistas, desde las celdas apenas alcanza para ver un trozo del patio, un pedregal inhóspito, gris y azotado por un viento frío que no llega a arrastrar ni una sola gota del agua que rodea la isla. Me asomé a los ventanucos de varias celdas hace unos años y la sensación de desamparo y aislamiento era brutal. En aquellas celdas que apenas permitían estirar los brazos a lo ancho o caminar más de dos pasos a lo largo, la vida se volvía estrecha de miras, apretada, agobiante. Nada que hacer, salvo trabajar en cuanto que te ordenasen y comer lo que te pusiesen en el plato. Las normas eran muy estrictas y todos los reclusos debían aprenderlas de memoria gracias a un pequeño librito que te entregaban al ingresar en la prisión. Las 53 reglas y normas de Alcatraz.

Pero bueno, ¿quién no tiene normas? Nuestra sociedad funciona desde que hay reglas. Sin embargo, muchos de nosotros vivimos sin saberlo en un celda de 2×1,5. Es un espacio personal en el que nos sentimos megacómodos. Está enmarcado por líneas divisorias imaginarias que nos ayudan a separarnos de todo aquello que nos resulta extraño, diferente o peligroso. Y así, nos mezclamos con nuestros iguales y miramos con recelo a los demás. Repetimos una y otra vez comportamientos y criticamos los que no se parecen a los nuestros. Defendemos rojo o azul. Que se mueran los rojos. O los azules. Y derramamos en nuestros hijos nuestra percepción del mundo, de modo que éstos la perpetúen. Y ya está. Qué bien se está en mi celda. Qué cómoda y segura es. Qué limpita la tengo. No tengo buenas vistas, no veo lo que sucede más allá de mis narices, pero no importa, porque he decidido que no lo necesito, que lo que haya no me interesa en exceso, que podría ser peligroso aventurarse a descubrirlo.

La vida me ha dado un bofetón y he encontrado una llave. La voy a usar en mi celda. Bingo, funciona. Salgo y camino fuera. Resulta que hay otros que también han salido. Nos reunimos en el patio. Hace sol, no se está nada mal. No conozco a nadie, son diferentes, pero interesantes. Hablamos y cada uno parece conocer una parte del mundo, posee una historia que contar y conoce secretos diferentes a los míos. Yo conozco unos cuantos. Respiro y el aire que entra en mis pulmones es el mismo que respiran los demás. Si nos quedamos aquí un rato, todos nos tostaremos con este maravilloso sol que me calienta y nuestras pieles se igualarán. También creo que si charlamos lo suficiente llegaremos a conocernos bien, incluso a echarnos de menos. Creo que estamos preparados para coger un barco y abandonar la isla. Creo que hay mucho por descubrir y aún más por vivir. Aquí comienza la aventura, ¿quién se apunta?


Nota: A veces la vida tiene que darte un buen guantazo para que te decidas a salir de tu celda. El mío aún me duele, pero quizás haya valido la pena. 

Bordes no, gracias

warLlegamos a nuestros asientos en el cine. Somos tres pero una de nuestras butacas está ya ocupada por un niño.
-Disculpe, tenemos este asiento también -le indico a un hombre de unos cuarenta años que parece el padre.
-No creo -responde. Y ahí lo deja. No hace amago ni de comprobar sus entradas. Es más, aparta la mirada y se concentra en su móvil.
Este tío es un borde, pienso, pero me lo callo. Releo y releo nuestros tickets. Insisto, tenemos esos asientos, pero el hombre me ignora, como si yo fuese un insecto molesto. Una mujer en la fila contigua, supongo que la pareja del borde, interviene al fin:
-Nosotros tenemos esos asientos, uno en esta fila y dos en esa -asegura mirando los tickets.
-¿Podría revisar las filas, por favor?
La mujer vuelve a mirar los tickets y finalmente…
-Es verdad, en esa fila solo tenemos un sitio, confundimos las filas.
No media ninguna disculpa. El hombre sigue impasible, mirando a la pantalla. Y nosotros por fin tomamos asiento.

Cuando una de tus máximas en la vida es procurar ser amable con todo el mundo, a veces te llevas la sorpresa de que algunas personas no invierten ni un segundo de las suyas en ser amables con los demás. Esto puede parecer deprimente, pero es así. Sin embargo, este blog se llama PepaSonríe por un motivo muy importante: para recordarme que el cáncer no va a amargarme la vida, de modo que mucho menos debería hacerlo una chorrada como la que explicaba del cine. Lo cierto es que pensé: sí, este tío es un borde, pero él es el que más lo sufre, así que olvídalo.
La gente borde -que haberla hayla aunque los considero una ruidosa minoría, la verdad- es incapaz de ser cien por cien feliz y resultan tóxicos por contacto. Un borde contamina, destruye, ensucia. Un borde será el impulsor de una majadería, de una disputa, de una guerra. Todas las guerras fueron obra y gracia de un borde, sin excepción. Aléjate de los bordes porque su mal se contagia.
Debería haber escuelas para bordes, lugares en los que desaprendieran malos hábitos, donde practicaran sonrisas y comprendieran lo que es reírse de uno mismo y reírse con los demás. ¿A que sería guay? Pues eso, petición a los reyes magos ya.

Gracias

IMG_7956Creo que nuestras vidas están llenas de pequeños milagros, cosas buenas que pasan continuamente y a las que a menudo no damos importancia. Es porque están inmersas en lo cotidiano, coloreadas por el tinte de lo habitual. Un niño da sus primeros pasos, tambaleándose, temblando inseguro y el noventa y cinco por ciento de las veces caerá de culo, desafiando la ley de la probabilidad. Nadie le ha enseñado a hacerlo, pero él sabe que mejor caer de culo…
Un grupo de niños juega alrededor de una piscina. Los padres no les quitan ojo. Saltan al agua, corren por el suelo mojado, se empujan. El noventa y nueve por ciento de las veces no hay accidentes, a pesar de las veces que los observadores adultos se quedan con el “ay” colgado en el pecho.
Un hombre y una mujer se encuentran y se enamoran. Se aman durante mucho tiempo. Parece fácil pero no lo es, todos los sabemos. Es un pequeño milagro dar con la persona adecuada, con ese alma gemela que asegura nuestra felicidad.
Y luego están los grandes milagros, los que nos dejan sin habla, sin aliento, porque no podemos explicarlos sin atribuirlos a la intervención de algo o alguien que nos sobrepasa y nos conmueve.
En mi última operación, la biopsia final indicaba que, a pesar de haber extraído el tumor del hígado, habían quedado restos tumorales. Sin embargo, siete meses después un tac indica que no hay enfermedad visible. No sé si será un milagro divino o una suerte loca, pero prefiero pensar que es un milagro, y no porque yo sea una persona creyente, no solía serlo, sino porque hay muchas personas que rezan por mí, algunas sin conocerme en persona, y sería hermoso que su fuerza y su fe fuesen capaces de obrar milagros, pequeños o grandes. Ya digo que yo no era creyente, y ahora no sé qué soy. En realidad anhelo creer, porque entonces muchas cosas cobrarían más sentido en mi vida. Creo que todo sería un poco más hermoso, porque mi fe se está sustentando en la bondad humana y no dejo de verla en todo cuanto me rodea.

No sé cuánto durará esta situación -los médicos me avisan de que no puedo confiarme-, pero hoy por hoy disfruto de mi pequeño gran milagro. Gracias.

Llévame a la playa, amor

IMG_7912Llévame a la playa, a respirar aire azul,
aire fresco, aire salado.
Llévame sin prisas, con ganas de siempre,
con risas y hasta noviembre.
Tráeme chancletas, un bikini, una toalla y un pareo,
Y me quedo aquí a vivir, con lo puesto.

Llévame a la playa y no te alejes.
Dame masajes de arena y duchas de gotas marineras.
Tráeme un helado de limón y compartamos boca.
Tráeme tu cuerpo calentito y compartamos piel.
La miel, para diciembre.

Ahora quiero tu lengua salada,
quiero el juego de tu sonrisa,
el vaivén de tu pelo en la brisa,
y el sostén de tu mano en mi espalda.
Porque a veces me caigo, tonta de mí.
A veces no me levanto.
Pero si tú estás ahí,
no hay lazo que retenga
ni miedo que me detenga.

Venga, llévame a la playa y, si acaso, allí me dejas.
Hay una luz a lo lejos que me espera
y, si la alcanzo, quizás, sólo quizás,
me quede en tierra.

Mi camino salvaje

caballo“ Sam, ¿qué haces aquí, en tu camino salvaje?”. Lo cantaba Chris Rea, en su canción Road to Hell. De todos los caminos posibles, ¿acaso hay alguno que no sea salvaje? Creo que nuestras vidas transcurren por senderos descontrolados, inciertos y a menudo peligrosos. El problema -o la ventaja- es que pocas veces lo sabemos.

Una madre amorosa le coloca en el pelo por la mañana un lazo rosa a su hija de ocho años. La niña se va feliz al colegio y su madre estresada al trabajo. Mientras conduce, alcanza a un camión que va demasiado despacio y decide adelantarlo, justo cuando otro conductor, un repartidor de paquetería que se casa dentro de unos meses, viene en la dirección opuesta. Se alcanzan, chocan, mueren. La novia llora su pérdida y piensa en el precioso vestido blanco que había elegido. Él ya no la verá con él. La niña llora su pérdida. La mujer no tuvo ni siquiera la oportunidad de despedirse. Un lazo, un coche, oscuridad…

Me diréis que todos sabemos que estamos expuestos a la muerte, que las cosas son así. Pero mientras, caminamos por un hilo finísimo y lo hacemos con tacones de aguja, apurando al máximo y descuidando tantas cosas…  Pero es que nuestra inconsciencia es nuestro punto de agarre. No podríamos ser felices asumiendo lo salvaje que es nuestro camino y lo poco que pesan nuestros planes y deseos en nuestro devenir.

Pero algunos lo saben, de un modo u otro, perciben perfectamente el camino y sienten miedo. A falta de riendas, se agarran con fuerza a las crines de su caballo desbocado, clavan espuelas y él parece retenerse, incluso puede que te mire y pregunte: “Pepa, ¿qué haces en tu camino salvaje? “Procuro aprovechar cada segundo que me regala la vida, me aferro a los momentos hermosos, disfruto del aire que respiro y del sol sobre mi piel”, respondo, “¿podrías ir un poquito más despacio?”. Él parece entenderlo, lo veo en sus ojos, pero le encanta correr hasta que el suelo desaparece por mi camino salvaje.