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El regalo

Llegan al bar cogidos de la mano, excitados porque están felices, felices porque están enamorados. Cualquier motivo sencillo les hace reír y, con cada risa, con cada mirada de complicidad, el amor que tan obvio me resulta inca sus raíces en recovecos más profundos. Cuando se sientan, muy juntos, él le da un beso en la mano y ella lleva su frente hasta el cuello de él y cierra los ojos. Ambos permanecen así en silencio. Los labios de él acariciando la mano de ella. La cabeza de ella recostada sobre el hombro de él, robando un poco de su olor a hombre joven, dulzón y fresco.

Yo estoy en la mesa de al lado, abrumado por esos cuerpos en perfecta sincronía y envueltos en una burbuja transparente, pero sólida. ¿Quién osaría interrumpirles?

– ¿Qué os pongo, tortolitos?

Ellos levantan la vista y veo en sus ojos cierta vergüenza, el azoramiento de quien despierta de un momento íntimo ante un desconocido. Estúpido camarero rompeinstantes… Eso es lo que es, un atropellamores… uno que se va a quedar sin propina.

A los treinta y cuatro segundos hay dos cocacolas zero sobre la mesa. Eso, y las manos de él, que juguetean con una cajita diminuta envuelta en un papel dorado. La joven la observa como si fuera un cubo de rubik y él estuviese a punto de solucionar todas las caras. Él se la entrega y dice algo bajito. Ella sonríe y leo en sus labios “gracias”. Y le besa, suavito, despacio, tiernito, y yo imagino el sabor de su boca de algodón de feria.

A los quince segundos hay una caja vacía sobre la mesa, unos pendientes en las manos de ella, y la decepción oscila entre ambos. Los pendientes son de madera, parecen unos aretes de gitanilla, de color rosa. La chica los mira en silencio hasta que decide devolverlos a su caja de plástico.

-No te gustan -ya no susurra.

Ella parece dudar, pero al final niega con la cabeza. Yo también niego, al compás. Los pendientes son vulgares y cuando, con disgusto, los imagino en las elegantes y perfectas orejillas de ella, rozando su pelo liso y brillante, me pregunto cómo es posible que él no lo viera. El coge la caja y se la guarda.

-¿Quieres que nos vayamos?

-Sí.

A los veintidós segundos los veo salir por la puerta, uno tras otro.

-Adiós, tortolitos.

Sin propina te digo, sin propina.

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Una experiencia inolvidable


img_6898Tengo sobre la mesa una de esas cajas-regalo.
Desde hace meses. Se llama “Tú y yo” y promete 2.460 experiencias inolvidables: escapadas, circuitos spa, cenas chic, actividades de aventura… Todo ello para dos personas. Las cajas-regalo nunca son para uno. Porque lo que de verdad tiene VALOR, lo que hará especial la experiencia que escojas, será la PERSONA que te acompañe.

El caso es que la caja se ha quedado varada en mi mesa porque nunca nos faltan actividades para hacer cuando podemos. Nos las montamos nosotros, con mimo y personalización. Y precisamente este fin de semana he vivido una de esas experiencias especiales. Empiezo por el principio.

Miércoles día 2 de noviembre. Luis, mi marido, me cuenta que mi cuñado está preparando una sorpresa a mi hermana Juanamari, un fin de semana en una casa rural, y que si nos apuntamos. “Si estoy bien, claro que sí”. El jueves estoy un poco pocha, así que no se vuelve a mencionar el tema. El viernes me repongo y pregunto: “¿Nos vamos o no?” Luis responde que sí, que mi cuñado se ha encargado de todo. Ni comida tenemos que llevar. Qué raro… Encima se apunta mi hijo Guille, de 16 años, que siempre prefiere quedarse en casa…

Por el camino me whatsapeo con mi cuñado. Ellos ya han llegado. Cuando lo hagamos nosotros, tengo que llamarle para que salga y entremos juntos para sorprender a mi hermana. Después de dos horas de viaje, al fin llegamos. La casa está en Garriguella, cerca de Peralada. Javier sale a nuestro encuentro con una linterna. Todo está a oscuras. Cuando entramos, veo a mi hermana y canto “sorpresaaaa”. Pero entonces, de un pasadizo superior sale mi hermana pequeña, Silvia, y su marido Diego. “¡Sorpresaaaa!”. Nos abrazamos y empiezo a llorar. ¡La sorpresa era en realidad para mí! La casa es preciosa, nos acompañan rápidamente hasta nuestra habitación, la más bonita, dicen… y al entrar, “sorpresaaa”. Están mis padres. Ahora ya lloro a moco tendido.

Llevaban semanas organizándolo a mis espaldas. No me lo puedo creer. Habíamos hablado tantas veces de irnos todos juntos a algún lugar bonito, y por fin lo hemos hecho. Ha sido un fin de semana repleto de risas y abrazos, de emociones y amor. Me he sentido tan querida y cuidada… Aunque me da un poco de pena que las circunstancias no sean las mejores porque estoy enferma, en realidad ha sido perfecto, porque mi familia es perfecta. Una experiencia inolvidable, como las que promete mi caja-regalo. A ver si algún día la abro.

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