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Cáncer: no acepto pulpo

IMG_7619Programa First Dates, semana pasada. Una pareja está conociéndose. Ella es médico de urgencias. Él le comenta que ha superado una enfermedad muy grave. No dice el nombre, de hecho deja la frase en suspenso, mientras mira intensamente a su compañera. Ella le contesta algo así: “no la digas, ni la menciones. Además, es mi horóscopo”. Fin de la conversación sobre el tema. Cambio de tercio hacia algo más ligero, menos triste. Al fin y al cabo estamos en la tele, en horario de máxima audiencia, no tocan penas, no.
El caso es que la palabra cáncer es como una especie de “diabólico palabro” del diccionario. Si introduces en Google “palabra cáncer”, ¿sabéis lo que sale? Os invito a probarlo. Sale esto:

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No podía ser de otra forma. No deja de ser irónico que la primera entrada sea “palabra cancerbero”, un perro de tres cabezas que guardaba los infiernos según la mitología griega. Después aparece “grave”, y luego “tabú”.

Siglo XXI, supuesta era moderna. Muchos enfermos de cáncer superan la enfermedad, o luchan contra ella durante mucho tiempo. Otros, es cierto, mueren. ¿No sería mucho más motivador para los enfermos y sus familiares que la enfermedad perdiese su estigma social? ¿Qué pudiese hablarse abiertamente de ella en un medio masivo como la televisión? ¿Cuántas veces se habla de cáncer en la tele si no es para decir que alguien ha caído enfermo o que tras una larga lucha ha muerto? ¿No se supone que es una enfermedad que nos rodea, que todos tenemos conocidos o familiares que lo padecen? Esta sociedad necesita hablar sobre el cáncer, saber más sobre el tema y sobre lo que sienten y necesitan los que la padecen, sobre cómo podemos ayudarles y acompañarles en su camino, sobre cómo está evolucionando el tratamiento, sobre cómo prevenirlo…. Pero sigue tapándose, escondiéndose. Mejor barrer debajo de la alfombra, que nadie se incomode, ni mentarlo. Y en realidad no es justo para nadie, pero, sobre todo, no lo es para los enfermos de cáncer. Muchos llegan a autoconvencerse de que es mejor no hablar de ello, cuando es algo que marcará sus vidas, las cambiará para siempre. Porque una cosa es superarlo, dejarlo atrás, y otra cosa borrarlo.

El cáncer me ha cambiado. ¿Cómo no iba a hacerlo algo que ha impactado tanto en mi vida? Hoy soy una persona diferente, porque he vivido cosas que me han transformado, puede que incluso para bien, a pesar del sufrimiento.

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¿Por qué el mal no me esquiva si soy bueno?

img_6981Yo soy bueno. Tú eres bueno. Él es bueno. Nosotros somos buenos. Vosotros sois buenos. Ellos NO son buenos. No lo son. No los conocemos. Nos les ponemos nombre, ni apellido. Es más fácil ignorar a alguien cuando es un completo desconocido, o incluso llegar a odiarle, tras dotarle de los suficientes defectos.
Pero nosotros… nosotros somos buenos. Y por eso es tan injusto que la desgracia nos toque. El mal, la enfermedad, deberían esquivarnos en un gracioso requiebro. Porque no merecemos sufrir. ¿Qué hemos hecho para que así sea? ¡Nada! Pequeñas maldades, nimiedades a lo sumo. Pero en esencia, nuestra bondad debería pesar más. Debería ser suficiente.
Este pensamiento, que tarde o temprano cruza la mente de cualquiera que sufra, es en sí mismo un tsunami devastador. Porque ni soluciona el problema, ni ayuda en absolutamente nada. En todo caso nos hace más débiles, porque nos ancla en el desconsuelo y la queja, y nos convence de que el destino es absurdamente implacable y cruel.
Es más, nos vuelve inconscientemente muy crueles. Porque si yo no lo merezco, ¿quién lo merece? ¿Aquellos a los que odio? ¿Aquellos de los que desconfío? Caramba, debo ser muy justo y perfecto para saber quién merece o no padecimiento… Ergo soy bueno, soy justo, soy perfecto. Yo lo soy, tú lo eres. Ellos NO.

Una experiencia inolvidable


img_6898Tengo sobre la mesa una de esas cajas-regalo.
Desde hace meses. Se llama “Tú y yo” y promete 2.460 experiencias inolvidables: escapadas, circuitos spa, cenas chic, actividades de aventura… Todo ello para dos personas. Las cajas-regalo nunca son para uno. Porque lo que de verdad tiene VALOR, lo que hará especial la experiencia que escojas, será la PERSONA que te acompañe.

El caso es que la caja se ha quedado varada en mi mesa porque nunca nos faltan actividades para hacer cuando podemos. Nos las montamos nosotros, con mimo y personalización. Y precisamente este fin de semana he vivido una de esas experiencias especiales. Empiezo por el principio.

Miércoles día 2 de noviembre. Luis, mi marido, me cuenta que mi cuñado está preparando una sorpresa a mi hermana Juanamari, un fin de semana en una casa rural, y que si nos apuntamos. “Si estoy bien, claro que sí”. El jueves estoy un poco pocha, así que no se vuelve a mencionar el tema. El viernes me repongo y pregunto: “¿Nos vamos o no?” Luis responde que sí, que mi cuñado se ha encargado de todo. Ni comida tenemos que llevar. Qué raro… Encima se apunta mi hijo Guille, de 16 años, que siempre prefiere quedarse en casa…

Por el camino me whatsapeo con mi cuñado. Ellos ya han llegado. Cuando lo hagamos nosotros, tengo que llamarle para que salga y entremos juntos para sorprender a mi hermana. Después de dos horas de viaje, al fin llegamos. La casa está en Garriguella, cerca de Peralada. Javier sale a nuestro encuentro con una linterna. Todo está a oscuras. Cuando entramos, veo a mi hermana y canto “sorpresaaaa”. Pero entonces, de un pasadizo superior sale mi hermana pequeña, Silvia, y su marido Diego. “¡Sorpresaaaa!”. Nos abrazamos y empiezo a llorar. ¡La sorpresa era en realidad para mí! La casa es preciosa, nos acompañan rápidamente hasta nuestra habitación, la más bonita, dicen… y al entrar, “sorpresaaa”. Están mis padres. Ahora ya lloro a moco tendido.

Llevaban semanas organizándolo a mis espaldas. No me lo puedo creer. Habíamos hablado tantas veces de irnos todos juntos a algún lugar bonito, y por fin lo hemos hecho. Ha sido un fin de semana repleto de risas y abrazos, de emociones y amor. Me he sentido tan querida y cuidada… Aunque me da un poco de pena que las circunstancias no sean las mejores porque estoy enferma, en realidad ha sido perfecto, porque mi familia es perfecta. Una experiencia inolvidable, como las que promete mi caja-regalo. A ver si algún día la abro.

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Un monstruo viene a verme

img_6886Es tarde y estoy cansada. Tengo ganas de cerrar los ojos y perderme en la noche. Sin embargo, no puedo conciliar el sueño. Hay demasiado en qué pensar. Siempre ha sido así. Recuerdo que muchas ideas para mi trabajo se me ocurrían precisamente en esos momentos de vigilia.
Pero ahora querría dormirme rápido y no pensar. Desde hace un tiempo un monstruo viene a verme casi cada noche. ¿Por qué la noche tiene que ser tan oscura? ¿Por qué tan triste? Desde hace unos días no para de llover y amanecen días oscuros, como si la noche estuviese golpeando al día y éste se quejase.
Yo también me quejo. Es tarde y estoy triste. Acurrucada en mi cama, siento frío. El monstruo vendrá ahora y me arrancará la sonrisa, me pondrá cabeza abajo hasta que escupa la verdad: que soy una cobarde.
Cuando despierte por la mañana intentaré sacudirme y levantar la cabeza, abriré los ojos buscando el sol -¡aparece ya, por favor!- y me engancharé a su luz para lograr sonreír. Mañana será un día mejor, o eso espero.
Pero esta noche, el monstruo vuelve, ya está aquí. Y no es amable, ni gracioso, ni fuerte… es un ser etéreo que me envuelve, como si quisiera acunarme, como si en realidad me amase. A menudo me susurra: pobrecita… recuerda que tienes motivos para llorar… Y me cuestiona sobre el futuro: ¿Qué será de ti, mi niña…? Y de los tuyos… ¿Y si lo que te preocupa se cumple…?
Mi monstruo pretende que crea que se preocupa por mí, pero en realidad me araña por dentro. Y duele. Mi monstruo tiene un nombre: miedo.
Pero como cualquier princesa que se precie, tengo un caballero andante para luchar contra él. Alargo la mano y le toco. Entonces él se acerca a mí, me da un abrazo de cucharilla, como él lo llama, y me dice que me quiere. Poco a poco el monstruo se aleja, de hecho corre despavorido. Mi caballero es el mejor. Mañana será otro día. Estoy muy cansada.

No quiero tu compasión, ¿o sí?

compasionLa compasión no está de moda, porque los sentimientos tristes no lo están. Todos tenemos que ser felices, súper felices, megafelices. ¿Cómo, que no lo eres? Eso está mal, francamente mal. Tómate un prozac ya mismo, o ve a un psicólogo, argentino si es posible. Su melodiosa voz hará milagros en tu espíritu.
Por eso, cuando nos enfrentamos a las cosas tristes que se nos cruzan por el camino, solemos evitarlas, si podemos. Aunque no siempre lo conseguimos. Cuando nos embarga, en realidad nos sentimos más humanos, mejores personas. Porque la compasión -que aunque proviene del latín es un calco semántico del griego simpatía (cuya evolución fue mucho más afortunada)- significa percibir y comprender el sufrimiento de otros y desear aliviarlo. Cuando sentimos compasión acogemos en nuestro interior un poquito del dolor que siente el otro, se nos queda dentro, como una pequeña herida, más o menos perceptible, que cura rápido. El dolor no es nuestro, pero sí humano. Es el dolor de la humanidad ante la injusticia, porque la mayoría considera injusto que otro sufra.
Pero desde pequeños nos han enseñado que la compasión sirve de poco. No podemos cambiar el mundo, no podemos salvar a nadie, en realidad no somos más que compañeros de viaje mudos, ciegos y sordos. Nos lo repiten una y otra vez y acabamos por creérnoslo a pies juntillas.
La compasión ha sido un sentimiento que nunca me ha abandonado y que me ha hecho sufrir mucho por otros a lo largo de mi vida. Además, siempre me he sentido incapaz de ayudar como debía, porque yo, como los demás, me autoconvencí de que poco podía hacer. Poco a poco nos volvemos expertos en girar la cabeza ante el dolor de otro. Aprendemos a no mirarlo de frente, como grandes escapistas que somos. Otros habrá que ayuden, nos decimos. Que sufran otros, que carguen otros, que mi mochila ya está llena con mis propios problemas.
Ahora que mi vida ha cambiado tanto, la compasión se asoma en cualquier esquina. En los ojos de los que me quieren, en los desconocidos que me observan, en las enfermeras que me escuchan y en mi propio reflejo en el espejo. Pero la compasión, aunque duela, es un sentimiento necesario. Qué sería del mundo sin nuestra capacidad de comprender el dolor y sin el bellísimo deseo de aliviarlo. La compasión nos aleja de la oscuridad, nos empuja hacia el amor y nos permite, al fin, ser nosotros mismos.

P.D. : Post inspirado en una anciana pequeñita, muy arrugada, que lloraba en un banco de una calle sin nombre en Barcelona, rodeada de bolsas de la compra que de ninguna manera podía cargar ella sola. Yo iba en un taxi, llegaba tarde. Ojalá me hubiera parado a ayudarla para llegar a su casa. Ojalá hubiera escuchado su historia, ojalá la hubiera hecho reír… Cómo me acuerdo de ella. Le deseo lo mejor.

Rezar, amar y agradecer

img_6863Hermilda, maestra de escuela en Colombia, era la madre de Pablo Escobar, el narcotraficante más famoso de todos los tiempos. Pablo era un ser despreciable y sanguinario, que mató u ordenó matar a miles de personas, y llegó a controlar el 80% de la producción de coca mundial.  Pero su madre lo amaba. Sabedora del infierno de muerte y persecución en el que vivía, solía repetir “la Virgen me lo proteja y me lo ampare”. La Virgen tenía mucho trabajo con Pablo, quien, como era de esperar, acabó de muy mala manera, abandonado por todos, incluso por la Virgen. Supongo…
Como la madre de Pablo Escobar, mi madre también reza por mí. Lo sé, porque ella también es creyente, y porque me quiere como nadie. Pero también lo hacen personas a las que ni siquiera he visto ni una sola vez, hijos de amigos, amigos de mis amigos, incluso seguidores de mi blog.
De verdad, sé que mucha gente reza por mí. Me lo dicen, y yo siempre me emociono cuando lo hacen, porque aunque no soy practicante, admiro a las personas que tienen fe y son capaces de mantenerla. También me parece hermoso que alguien me tenga en su pensamiento y ruegue por mí a menudo. En el universo hay pensamientos positivos, caricias mentales de esperanza especialmente emitidos para mí. Y es casi como si las sintiese, llenándome de dulzura y amor. Gracias, gracias, gracias.

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Preciosa, perfecta

img_6785Fiestas de mi pueblo. En el escenario Siniestro Total lo revienta. La gente, en su mayoría de negro, deambula por la pista, bebiendo, bailando, ligando… Yo estoy con unos amigos, rodeada por los brazos de Luis, y me siento feliz. Nos movemos un poco al ritmo de la música, dejándonos llevar por el momento.
Delante de nosotros hay un grupo de cinco o seis personas saludándose. Una de ellas llama poderosamente mi atención. Es una chica preciosa y me gusta su estilo, cuidado pero informal. Tiene una tez blanquísima y fina, una nariz perfecta y unos ojos claros casi felinos. Cuando los demás la saludan, se demoran un poco más en su abrazo. La besan con fuerza y le sonríen mientras le gritan algo al oído para intentar superar a la ensordecedora música. Ella sonríe, un tanto contenida. Me fijo en sus zapatos. Lleva unas deportivas negras que combinan bien con su falda negra ajustada y una chaqueta tejana. Es una chica moderna y cómoda. Hay muchas mujeres alzadas sobre sus tacones, sin apenas moverse, y lanzando miradas a su alrededor para comprobar si las mira algún hombre.
La chica que ha llamado mi atención no está sola, un hombre alto y guapetón parece su pareja. Ambos se cogen de la mano y miran hacia el escenario. Parecen felices, tranquilos. Entonces, ella estira por detrás de su pañuelo, una tira blanca y azul que lleva enrollada en la cabeza, bajo un sombrero indiano. Me fijo en que no hay pelo bajo ese pañuelo. Me fijo en que sus cejas apenas se distinguen…
Tan bonita, tan joven… Siento ganas de tocarla, de decirle que comparto su enfermedad, que la entiendo, que me gustaría incluso abrazarla y decirle que es hermosa, y valiente. Pero no lo hago. Sería extraño y quizás lloraría yo, y lloraría ella. No sé. No lo hago. Pero la miro y la admiro. Preciosa, perfecta.

Tomé las riendas


Hubo un tiempo en el que yo era una persona de acción. Tenía muy claros mis objetivos y pensaba que iba por el buen camino para conseguirlos en función de si había acertado o cometido un error. Me encantaba tomar decisiones, mandar, hacer y deshacer a mi antojo. 
Ahora la vida se ha dado un festín conmigo y me ha demostrado que en realidad mi capacidad de autogobierno es limitada. La enfermedad llegó sin avisar y recuerdo la sensación de que mis metas se esfumaban. Ya solo había un objetivo: vivir. Pero ¿qué podía hacer yo? Los médicos decidían los tratamientos, si me operaban o no, si me hacían una prueba u otra… Y el universo parecía disponer de una varita ultrapoderosa con la que deciidía quién debía continuar o no en la partida.
Desde el principio me declaré en rebeldía. No podía aceptar el papel de espectador que muchos se empeñaban en asignarme. Al parecer lo único que podía hacer era procurar mantener una buena actitud, porque todo el mundo repetía que eso era imprescindible. ¡Fácil! Prohibido hundirse como el Titanic. Poco más. 
Pero yo nunca he sido así. Necesito asegurarme de que estoy haciendo algo efectivo, de que llevo parte de las riendas. Y así, he introducido cambios en mi vida. Algunos importantes, otros más discretos.

1. Cuido mi alimentación. Menos azúcar, más verdura y fruta… Las enfermedades se alimentan de lo que comes.
2. Tomo complementos naturales como el ginseng, la carnitina, el cardo mariano, magnesio… Me han ayudado mucho a reducir los efectos secundarios de los tratamientos médicos.
3. Me he iniciado en el mindfullness y la meditación budista. Poner la mente en blanco es como hacer un reset de tu cuerpo y de tus emociones.
4. Me he acercado más a las personas que más feliz me hacen y me he alejado de las que me producían estrés o tristeza. Fue la parte más difícil, pero también la más importante en esta nueva etapa de mi vida.
5. Acepté que debía dejar de trabajar. Ahora ocupo mis días con mis amigos y mi familia, mis hobbies, mi perrita Cala…. Si no fuera porque tengo demasiadas visitas médicas en mi agenda, podría decir que me encanta.
6. Procuro hablar menos y hacerlo en un tono más bajo. Evito perder los nervios por nimiedades como el tráfico, intentó discutir menos, me permito llorar de vez en cuando a pleno pulmón y hacer más payasadas. Quiero paz, alegría y relax en mis días.

Como veis no se trata de grandes fórmulas, solo son pequeños actos y cambios con los que siento que decido sobre mi vida. Me gusta. ¡Probadlos!

Y ahora echemos unas risas…

Ella tiene un poder

img_6754Cuando era jovenzuela (muy jovenzuela), hice un curso para ser monitor nacional de atletismo. Aprendí muchas cosas interesantes, pero recuerdo que una de las más importantes era evitar la frase “no tengas miedo”. Cuando por ejemplo un saltador de pértiga comienza a correr, eso es lo peor que le puede decir su entrenador. El saltador debe clavar la pértiga y separarse del suelo entre 4 y 5 metros habitualmente (el récord mundial supera los 6). Su cuerpo vuela, literalmente, por encima de una barra. Es una especialidad para valientes. La clave está en correr con decisión, saltar con ambición y soltarse de la pértiga con valentía y fuerza.
Decisión, ambición, valentía y fuerza. Todos tenemos esas cualidades en nuestro interior, pero a veces viven tal sequía mental, que las aniquilamos. Porque mis pensamientos, mi mente consciente, me envía mensajes negativos continuamente, y cuando llega una situación difícil me digo “uy, eso duele”, “cuidado, eso me disgustó la vez anterior”, “odio hacer esto”o “no voy a poder hacerlo, es muy difícil”…  Esos mensajes van alimentando mi subconsciente, de modo que ante una nueva situación difícil algo me retendrá de entrada, condicionándome sin casi darme cuenta. Pero me he dado cuenta de las trampas que mi cabeza utiliza, de las barreras que me coloca. Cuando sé que en breve tendré que “saltar” con valentía porque me espera alguna situación dura, muchos días antes ya siento el miedo agazapado en mí.
Sin embargo, hay también un poder oculto en mí, una fuerza interior esperando a ser llamada a escena. La percibo, está ahí, enterrada en mi subconsciente. Si la llamo, me responde. Si me digo “podré con ello”, “esta vez puede ser diferente”, “será para bien” … de repente todo cambia. No sólo tengo que decírmelo, por supuesto, tengo que creerlo, y ello supone un esfuerzo mental importante y un trabajo interior permanente. Puedo hacerlo. La familia y los amigos pueden ayudarme, pero al final soy yo, solamente yo, la que debo conseguirlo. Buscar mi luz, mi fuerza, mi poder. Ese que forma parte del universo y que todos tenemos.

P.D.: El lunes pasado fallé. Me realizaron una pequeña operación y no estaba centrada. Me costó encontrar mi poder… Dentro de tres semanas tengo otra, y ya lo estoy buscando. Os dejo un pequeño obsequio. Cuando pensé en escribir este post, la canción me vino a la cabeza y me hizo sonreír. Un abrazo.

Lo que ocurre a veces

IMG_6728A veces no es fácil.
A veces, sólo a veces, es difícil, y duro.
A veces, no ves que el sol está sobre tu cabeza,
como cada día,
y no percibes los colores o la luz en las pequeñas cosas.
A veces, todo es extraño,
como si tu vida la gobernase otro,
alguien que se ríe cuando tú lloras.
A veces, la ternura es dolorosa,
y el amor amargo.
Y eso, es lo que más duele.
Porque el amor debería sanarlo todo.
Por eso a veces, cuando no lo consigues,
te rindes sin saberlo, te olvidas,
de lo bueno, hermoso y verdadero
que tienes en tu vida.
A veces, solo a veces.

Dedicado a mi amigo Fernando. Un hombre bueno que nunca se rindió, pero se fue.

Sé que esta entrada es muy triste, que no responde al título de mi blog. Pero ninguna vida es toda sonrisas. Hay momentos menos buenos, que llegan y se van. El otro día una doctora me explicaba que hay que acogerlos y dejarse llevar, llorar y gritar sin cortapisas, porque después te sientes mejor, liberado. A veces lloramos a medio gas, reprimiéndonos, frustrados por nuestros propios sentimientos. Y esa sensación permanece en nuestro cuerpo, como la marca de una arañazo que no se cura. Por eso, a veces, hay que dejarse llevar por la tristeza, acogerla y aceptarla. Un abrazo.