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El primer día

valladolid2Fue una cuestión de expectativas. Mi querido padre se había empleado a conciencia.

-¡Qué envida, cariño! Ojalá yo pudiera revivir esos días, volver a ser niño y de nuevo hacer amigos, esos que siempre será los primeros, los mejores. Volver al lugar en el que aprendes de todo, cosas que ahora ni siquiera eres capaz de imaginar. Sí, mi niña, vas a aprender a ser lo que tú quieras y les demostrarás a todos que esa cabecita tuya está llena de inteligencia e imaginación. Un día, dentro de no mucho, podrás leer libros y escribir tus propias historias. Y los números, el 1, el 2, el 3, ¿recuerdas? Te los sabrás todos y podrás hacer con ellos casi magia, créeme. Descubrirás cosas sobre los animales, las plantas, sobre lo que pasó hace mucho tiempo… Y entonces serás mayor. ¿Tu quieres ser mayor, verdad?

-Pues claro.
-Cuando seas mayor, como habrás aprendido muchas cosas que hoy no sabes, te sentirás aún más feliz.
-Como si fuera sabia, como el abuelo.
-Eso es, como el abuelo.
-Y como tú.
-Más aún. Todo lo sabia que tú quieras.
-Pero no quiero ir sola.
-Yo te acompañaré hasta la clase y luego estaré esperándote cuando salgas. No hace falta que me quede porque vas a estar con otras niñas que se harán muy amigas tuyas, ya lo sabes, y jugaréis juntas, todos los días. Te lo vas a pasar tan bien que no estoy seguro de si querrás volver a casa por la tarde.
-¡Quiero volver! Sí, quiero volver.
-A las cinco estaré en la puerta. Como soy tan alto me verás enseguida. Y yo te veré a ti.

Lo dicho, era una cuestión de expectativas. Las más altas. Por eso, el primer día de colegio me sentía ansiosa. Esperaba mucho y todo bueno. Me despedí de papá con un fuerte abrazo y un beso, me senté ante una pequeña mesa en una clase que me pareció inmensa y miré a mi alrededor sin comprender nada.

-¿Por qué gritan y lloran, papá?

Él se encogió de hombros, casi tan disgustado como yo por la escena.

-No lo sé. Puede que sus padres no les hayan explicado bien qué es el colegio. Tú tranquila, cuando se den cuenta de que el colegio es estupendo, todas vendrán contentas. Juegas con ventaja, ¿eh?

Me guiñó un ojo y se marchó. Suspiré y me agarré a la bolsa del bocadillo que me padre me había preparado. Era de tela, con mi nombre bordado rosa. A mi alrededor, el griterío aumentaba de volumen y varias monjas muy serias corrían de un lado a otro, sujetando cuerpos huidizos. A mi derecha, una niña lloraba bajito y de su nariz resbalaba un moco blanco que estaba inundando la pechera de su bata. A mi izquierda, una pequeña se había tirado al suelo y berreaba llamando a su madre. Su cara era un borrón de restregones marrones y moquillo verdoso.

En realidad, todas las niñas de la clase lloraban y moqueaban. Todas menos yo. Pero tanto grito y tanto fluido acabaron por descomponerme. Levanté el brazo, tal y como mi padre me había enseñado que hiciera cuando necesitase algo en clase, pero nadie reparó en mí. Cuando una monja se acercó a la niña que voceaba en el suelo junto a mí, yo me levanté y le toqué el brazo.

-Señora, tengo ganas de vomitar.
-Pues tendrás que esperar al patio.

¿Al patio? Aquella respuesta lo cambió todo. Todas esas niñas desesperadas debían saber algo que yo desconocía y, probablemente, era que esas monjas no iban a cuidar de nosotras como debían. Vomité, salpicando los zapatos de la monja, y nunca -en los siete años que estuve en ese colegio hasta que mis padres decidieron cambiarme a uno público, donde mis notas mejoraron de forma espectacular-, nunca confié en las monjas, ni hice grandes amigas.

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