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Cara o cruz: vidas y decisiones

cara y cruzInspirado en historias reales, con pequeñas licencias.

Le llamaremos Toni. Era aún un bebé cuando le diagnosticaron polio, una durísima enfermedad que va debilitando tus músculos, que primero te ata a unas muletas, luego a una silla y luego al miedo, entre otros, de dejar de respirar. Toni fue al colegio con sus muletas, pero su movilidad era ya muy reducida. Uno de sus hermanos, de edad similar, dedicó su infancia y juventud a acompañarle a todos lados. En el patio también se quedaba junto a él para que no se estuviese triste y solo, ya que carecía de amigos y no participaba en ningún juego. De este modo ambos se quedaban tristes y solos.

Junto con la fuerza física, Toni perdió también la fuerza de su corazón. La vida le parecía injusta, dura, un fiasco, y todos los que le rodeaban vieron cómo su apatía y tristeza se tornó en dureza y prepotencia. Todos tenían que ayudarle, estar por él, compadecerle y él, a cambio, solo entregaba malas caras y exabruptos. Sin amigos, ni objetivos, su vida fue una decepción para sí mismo y para los que le rodeaban. Toni vive hoy solo en un piso adaptado que le facilitó un organismo público.

Le llamaremos Ana. Era aún una niña muy pequeña cuando un accidente la dejó parapléjica y la condenó a una silla de ruedas. Era una jovencita feliz y risueña y lo siguió siendo durante toda su infancia y juventud. En el colegio, su clase estaba en el segundo piso, pero sus compañeras la subían en volandas hasta allí. De hecho se peleaban por hacerlo, entre risas y gritos. Ana jugaba a todo lo que parecía imposible que jugase, por sí misma o con ayuda de sus amigas. Y cuando fue una mujer adulta, dedicó su vida a cuidar y hacer felices a todos cuantos amaba, por supuesto su marido y sus hijos, y luego de su madre y de una tía, ambas con cáncer. Ana y su silla de ruedas podían con todo y sigue haciéndolo. Hace felices a los demás porque en primer lugar ella es feliz. Sin más.

Toni y Ana tienen edades similares, nacieron en familias muy parecidas y viven ambos en Cataluña. ¿Vidas paralelas? Divergentes. No digo que uno sea mejor que el otro, sencillamente uno decidió y supo ser feliz, y el otro no. Uno decidió y supo vivir, y el otro se rindió. Porque, a veces, uno decide, y otras se deja llevar por lo que puede.

Un abrazo.

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Be water, my friend.

angryA estas alturas resulta que soy una indignada, pero no de plaza y pandereta, no, soy una yonqui de la indignación. Me explico, creo que me indignan demasiadas cosas y que no me quito de encima la indignación con la suficiente agilidad. Me indigna sobre todo la vileza: la falta de compasión, respeto o justicia, me enerva.  Está bien, pensaréis, pero no lo está tanto, de verdad. Porque cuando me indigno, se crea un runrún en mi cabeza que no para en días. Le doy vueltas y vueltas, lo desmenuzo, lo troceo, lo pico, lo muelo y hasta que no se deshace en el aire, lo mío me cuesta.

Además, estaría bien si mi indignación se limitase a los grandes problemas del ser humano, pero no, resulta que me indigno también por nimiedades, pequeñas cosas a las que doy demasiada importancia. Éstas se me pasan rápido, pero solo en apariencia. El runrún sigue de nuevo en mi mente, analizando el por qué y el cómo, como si me hiciera falta dejarlo claro y lisito en mi cabeza.

Y no, no es así. Porque la indignación nunca está exenta de ira y rabia, y eso va directo a mi hígado, según me han dicho. Una vez en mi hígado, vete tú a saber qué hace, pero desde luego parece que nada bueno.

Estoy hasta el moño de indignarme tanto. Estoy indignada con mi indignación, y no, no es un trabalenguas, en una puta manía, una estupidez supina, que me entristece. Así que relax, don’t do it, como decía Frankie. Pepa, aprende a pasar de los inconvenientes y a relajarte rápido ante lo que no te gusta. Don’t worry, be happy, como decía Bobby. Estoy en el buen camino, porque lo primero, como siempre, es ser consciente de ello y tener la firme voluntad de mejora.

Un abrazo.

Pepirisitas & friends

sonrisasSiempre me ha gustado la gente que tiene una sonrisa a flor de piel. Personas de espíritu joven, inasequibles al desaliento, con ganas de vivir lo que surja, de aprovechar oportunidades o reconvertir penas. Son personas capaces de conectar con tu tristeza o preocupación en un segundo, y que de inmediato se solidarizan y te ayudan a remontar.
A todos nos pasa, los amigos vienen y van, porque las vida los lleva lejos de ellos, porque tú los alejas o ellos deciden hacerlo, pero si repaso mi vida, soy consciente de que mis mejores amigos son, básicamente, gente feliz. La felicidad campa a sus anchas en sus corazones, porque allí encuentran bondad, calma y optimismo. Gente de sonrisas.
Cuando empecé con el blog, una amiga se refirió a él como “pepirisitas”. ¡Cómo nos reímos aquel día! ¿Recuerdas? Sigo haciéndolo al recordarlo. Hay una diferencia sutil entre ambos apelativos. Uno habla de voluntad, del deseo (y necesidad) de sonreír a pesar de todo, aunque cueste a veces. El otro habla de ser, de ese carácter casi infantil que todos llevamos dentro y que no siempre es fácil mantener. No es lo mismo.
Mi gente sonríe con el corazón en la mano, con la mirada franca, con las manos abiertas para iniciar un abrazo. Mi gente es lo que me insufla fuerza. El amor, es lo que tiene.

Halloween no dura todo el año

img_6889Supongo que la gente no va por el mundo enfadada constantemente, pero seamos honestos: lo parece. Para salir a la calle, la mayor parte de nosotros escoge una careta de rictus serio, frío, y luego se dedica a rellenarlo de contenido.  Y así, si nos encontramos con un desconocido en el ascensor y podemos evitar saludarlo, mejor. Si vemos por la calle a otras personas, evitamos cruzar miradas, y si interactuamos con alguien sentados al volante igual le hacemos una peineta. En general, no somos simpáticos de forma gratuita, porque es un esfuerzo y no hay costumbre. Igual el otro se piensa vete tú a saber qué, si le sonrío. Igual se cree que son tonto, un pamplinas. Porque la gente feliz tiene ese tufillo de simplote que no se entera de lo mal que están las cosas. Los felicianos se fían de cualquiera, y está la cosa para fiarse así porque sí. Los felicianos no ven más allá de sus narices, con lo mal está el mundo. Si no tienes una buena dosis de desconfianza, resquemor y prudencia descarnada, más vale que te vayas a una cueva y vivas sólo, con tu perro y una cabra.

Y el caso es que en realidad no somos así y mucha  gente lo demuestra, tarde o temprano. Mi amiga Edi tiene una coqueta panadería en mi barrio y se dedica cada día sin renuncios a regalar sonrisas y gracias a la vez que vende el pan. Un pan muy bueno, por cierto. Mis mejores amigos y amigas son la gente más afable que conozco. Personas alegres, empáticas, cascabelillos dulces y amables. Y la lista sería larga. En el camino he ido encontrando lo mejor de cada casa.

Pero, sinceramente, creo que en todos nosotros hay una persona deseando sonreír a los demás. Algunos tienen que desaprender, reprogramarse casi. Y estoy convencida de que el cambio empieza por nosotros mismos y nuestra actitud hacia los demás. Dar y recibir. Si entregas una sonrisa, hay más probabilidades de que te la devuelvan. Si eres amable con alguien, hay más números de que éste lo sea contigo.  Pruébalo, cuando entres en algún sitio, sonríe a quien encuentres. E insiste, porque a veces la gente se sorprende y aparta la mirada.

Yo procuro fijarme en cada persona con la que interactúo durante el día. Establezco diálogos, intento mostrarle lo mejor de mí, tiendo puentes. A veces ellos los cruzan, muy a menudo, la verdad. E incluso cuando parece que no va a ser así, puede ocurrir algo que te acabe sorprendiendo. Entonces sientes a la persona que había detrás de la careta, descubres una emoción, conectas. Y eso, amigos, además de no tener precio, nos sana. Y es que Halloween no dura todo el año. Todos podemos entregar a los demás la mejor versión de nosotros mismos. Llámame feliciana, pero seguiré pensando que es así. Hala, a sonreír.

Venga, vamos a ser más felices

IMG_6234Estaba de tan buen humor que entró tarareando una cancioncilla. Tenía una sonrisa tonta en la cara. Su mujer estaba tumbada en el sofá, viendo la tele, con un gesto torcido.
-¡Hola, cariño! ¿Qué tal has pasado el día, amor?
-Ha sido uno de esos días para el olvido. Problemas en el trabajo con mi jefe, llegué tarde al tren y el niño… el niño ha merendado fatal -respondió ella haciendo hincapié en la última palabra y pasando canales con el mando.
-Pues sí que estamos bien, sí. ¿Quieres que hagamos algo y te distraes?
-¿Algo? No, casi que me quedo aquí tranquila.
-¿Quieres un té? Yo iba a prepararme uno.
-No queda.
Permanecieron sentados juntos. Él la miraba a ella y ella a la tele. Entonces él se levantó despacio y cogió un libro de la estantería. Cuando se volvió a sentar su gesto era triste, casi adusto, como si él también hubiese tenido un mal día, como si la vida no le sonriese hacía solo unos minutos. Suspiró y abrió el libro con desgana. Ella apagó la televisión y se fue a la cocina sin decir nada.

Las emociones se contagian en pocos minutos y una parte de culpa la tiene la oxitocina. Hay personas que segregan más oxitocina. Los demás lo perciben de forma inmediata y se ponen a su vez a segregarla. La oxitocina es una hormona involucrada en situaciones realmente hermosas. Cuando dos personas crean vínculos entre ellas segregan oxitocina, también cuando hacen el amor, cuando una confía en la otra, cuando alguien actúa con generosidad, e incluso durante el parto.

Cuando estás enfermo, necesitas como el aire positividad a tu alrededor y desde luego no estaría mal una sobredosis diaria de oxitocina. Yo procuro rodearme de gente positiva y alegre, y mantener un estado de paz y felicidad durante el máximo tiempo posible.

Para generar más oxitocina, dicen que funciona hacer un ejercicio muy sencillo cada día: en cuanto te despiertes piensa en algo positivo e intenta sentirlo. Luego proponte hacer algo positivo durante el día para ti y para los demás. Realizado a diario, provoca un cambio en tu vida y en la de los que te rodean. Yo ya estoy en ello. Un abrazo.

      Aquí un regalito para que te eches unas risas. Si lo ves entero, verás que el final es precioso.