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Sobre árboles y rasguños

arbolEstoy en la selva costarricense. Hace un calor de mil demonios y la humedad es insoportable. Pero estoy feliz, la naturaleza es abrumadoramente hermosa y yo estoy de vacaciones con una amiga, a la que llamaremos Ana. Caminamos en línea, con un guía abriendo camino y otro cerrándolo. Somos siete turistas, con nuestras botas nuevas, nuestras gorras mojadas, kilos de antimosquitos y nuestra mochila de supervivencia del Decathlon.

– Si grito “go up!”, todo el mundo tiene que subirse corriendo a un árbol -nos avisa repetidas veces el guía principal.

“Ya… ésta es una selva peligrosísima… llena de animales salvajes y…turistas… claro…”, pienso sonriendo para mí. “Y además, ¿subirme a un árbol? ¿Cómo c… se supone que se hace eso?”. Y se lo digo riéndome a Ana, que mira a su alrededor con recelo.

De repente, el guía susurra.

– Shhhhhh…. Hay un rinoceronte a dos metros, tras esas ramas. No os mováis, no habléis.

“Vaya, un rinoceronte, como en el zoo”, pienso, y miro sonriente a Ana, que está un poco más pálida.

Muevo unas ramas para ver si efectivamente está, y allí está EL RI NO CE ROOOOON TE. Es un ejemplar gigante, negro, de esos que parecen articulados, duros, como un armadillo descomunal. El animal se gira y nos mira directamente. Las piernas me empiezan a temblar y me quedo muda. Entonces escucho un grito que resuena en toda la selva: “¡GO UP!”.

En tres segundos estoy encaramada a un árbol. Desconozco cómo he llegado allí pero mis piernas y brazos están llenos de rasguños. El árbol, un poco alfeñique, se balancea por mi peso. Ana aún busca el suyo y me mira desesperada.

– ¡Aquí hay uno, Ana, sube, sube! -le grito señalando uno junto a mí.

Pero otro turista también lo ha visto y se sube, no sin esfuerzo. Ana lo fulmina, y yo comienzo a lanzarle patadas.

– ¡Éste era para Ana, quita, vete, Anaaaa!

Esta historia, verídica, me la contaba una buena amiga ayer. Cómo me reí imaginándola en medio de la selva agarrada a su arbolito. Y me hizo pensar en cómo creemos que nunca nos pasará nada, en que las situaciones siempre están bajo control, aunque muchas veces el peligro o la malaventura esté a la vuelta de la esquina. También pensé en cómo ante la adversidad, muchas personas demuestran un sorprendente arrojo y valentía, para con ellos mismos y para defender a los demás.

Vuelvo, un momento solo, a mi propio proceso. Durante estos años me he encaramado a muchos árboles y los rasguños han sido a veces muy profundos. ¿Cuántos árboles me quedan? ¿Cuántos rasguños? En el fondo ojalá que muchos, pero os digo una cosa: tengo las rodillas hechas polvo. Un abrazo a todos.

P.D.: Como veis he cambiado mi imagen en los dibujos que acompañan mis posts. Es que mi pelo ya ha crecido bastante. Os dejo aquí foto de hoy. Un abrazo de nuevo.

melenita ya

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Cáncer: no acepto pulpo

IMG_7619Programa First Dates, semana pasada. Una pareja está conociéndose. Ella es médico de urgencias. Él le comenta que ha superado una enfermedad muy grave. No dice el nombre, de hecho deja la frase en suspenso, mientras mira intensamente a su compañera. Ella le contesta algo así: “no la digas, ni la menciones. Además, es mi horóscopo”. Fin de la conversación sobre el tema. Cambio de tercio hacia algo más ligero, menos triste. Al fin y al cabo estamos en la tele, en horario de máxima audiencia, no tocan penas, no.
El caso es que la palabra cáncer es como una especie de “diabólico palabro” del diccionario. Si introduces en Google “palabra cáncer”, ¿sabéis lo que sale? Os invito a probarlo. Sale esto:

cac

No podía ser de otra forma. No deja de ser irónico que la primera entrada sea “palabra cancerbero”, un perro de tres cabezas que guardaba los infiernos según la mitología griega. Después aparece “grave”, y luego “tabú”.

Siglo XXI, supuesta era moderna. Muchos enfermos de cáncer superan la enfermedad, o luchan contra ella durante mucho tiempo. Otros, es cierto, mueren. ¿No sería mucho más motivador para los enfermos y sus familiares que la enfermedad perdiese su estigma social? ¿Qué pudiese hablarse abiertamente de ella en un medio masivo como la televisión? ¿Cuántas veces se habla de cáncer en la tele si no es para decir que alguien ha caído enfermo o que tras una larga lucha ha muerto? ¿No se supone que es una enfermedad que nos rodea, que todos tenemos conocidos o familiares que lo padecen? Esta sociedad necesita hablar sobre el cáncer, saber más sobre el tema y sobre lo que sienten y necesitan los que la padecen, sobre cómo podemos ayudarles y acompañarles en su camino, sobre cómo está evolucionando el tratamiento, sobre cómo prevenirlo…. Pero sigue tapándose, escondiéndose. Mejor barrer debajo de la alfombra, que nadie se incomode, ni mentarlo. Y en realidad no es justo para nadie, pero, sobre todo, no lo es para los enfermos de cáncer. Muchos llegan a autoconvencerse de que es mejor no hablar de ello, cuando es algo que marcará sus vidas, las cambiará para siempre. Porque una cosa es superarlo, dejarlo atrás, y otra cosa borrarlo.

El cáncer me ha cambiado. ¿Cómo no iba a hacerlo algo que ha impactado tanto en mi vida? Hoy soy una persona diferente, porque he vivido cosas que me han transformado, puede que incluso para bien, a pesar del sufrimiento.

Pepirisitas & friends

sonrisasSiempre me ha gustado la gente que tiene una sonrisa a flor de piel. Personas de espíritu joven, inasequibles al desaliento, con ganas de vivir lo que surja, de aprovechar oportunidades o reconvertir penas. Son personas capaces de conectar con tu tristeza o preocupación en un segundo, y que de inmediato se solidarizan y te ayudan a remontar.
A todos nos pasa, los amigos vienen y van, porque las vida los lleva lejos de ellos, porque tú los alejas o ellos deciden hacerlo, pero si repaso mi vida, soy consciente de que mis mejores amigos son, básicamente, gente feliz. La felicidad campa a sus anchas en sus corazones, porque allí encuentran bondad, calma y optimismo. Gente de sonrisas.
Cuando empecé con el blog, una amiga se refirió a él como “pepirisitas”. ¡Cómo nos reímos aquel día! ¿Recuerdas? Sigo haciéndolo al recordarlo. Hay una diferencia sutil entre ambos apelativos. Uno habla de voluntad, del deseo (y necesidad) de sonreír a pesar de todo, aunque cueste a veces. El otro habla de ser, de ese carácter casi infantil que todos llevamos dentro y que no siempre es fácil mantener. No es lo mismo.
Mi gente sonríe con el corazón en la mano, con la mirada franca, con las manos abiertas para iniciar un abrazo. Mi gente es lo que me insufla fuerza. El amor, es lo que tiene.

Adiós al curro, hasta siempre, amigos

img_6843El viernes pasado dije adiós oficialmente a mi puesto de trabajo. Tras casi veinticinco años en el banco, tocaba decir adiós a los que habían sido mis compañeros. Por supuesto, muchos de ellos son buenos amigos y seguimos viéndonos. Pero el viernes suponía una despedida formal, con canapés, cava y discurso.
Hacía más de un año que no trabajaba, porque primero estuve de baja y luego me dieron la incapacidad absoluta (que me pilló en el hospital, tras mi segunda operación de hígado), pero el viernes se convirtió en un día muy especial. Dejaba el banco y a mis colegas, pero ni lo había elegido yo, ni sentía que me tocara hacerlo. Pensé que era un poco injusto retirarme enferma, sin poder disfrutar al cien por cien de la jubilación. En realidad tomé conciencia de que había sido retirada de la circulación, como los coches del plan renove.
A ver, yo, como muchos otros, había dicho infinidad de veces “qué ganas de prejubilarme”, porque quería descansar, dejar de madrugar, dedicarme a viajar, a mis hobbies, etc. Ese día llegaría, aunque parecía lejano.
Y ahora aquí estoy, oficialmente ociosa, desocupada, con una mano sobre la otra. “¿Y a qué te vas a dedicar?” Me decían todos. Yo sonreía, porque la pregunta lleva implícito que ahora toca eso, el relax absoluto, pero como me conocen saben que a algo me tengo que dedicar.
Pues no, no me dedico a gran cosa. Ni siquiera puede decirse que sea una bloguera, porque escribir un post a la semana no es suficiente para merecer el apelativo. En realidad solo estoy haciendo una cosa a conciencia: estar más con todos aquellos a los que quiero. Es una necesidad brutal, casi dolorosa. Quiero verles sonreír, abrazarnos, hablar por los codos, reír cuanto podamos y que me presten su hombro un ratito. Entre visitas médicas, ingresos y pruebas, que me roban demasiado tiempo, la verdad, eso es lo que hago: compartir mi tiempo. ¿Y sabéis una cosa? No está nada mal.

P.D.: Aquí dejo algunas fotos de ese día, me reí tanto y me emocioné tanto... Llevo una camiseta superchula que me hizo una amiga, Sonia. Mis compañeros y amigos del departamento de marketing prepararon incluso un periódico que recogía mi trayectoria, con un montón de fotos entrañables. Y como saben que soy un poco pija, me regalaron un bolso increíble de Carolina Herrera. La caña. Gracias, gracias, gracias. Fue un día muy emocionante. 

¡Deja de hacer eso!

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Nueva imagen con pelo corto.

No es más que una pequeña flor de plástico, amarilla y verde. Si le da el sol, se balancea a derecha e izquierda, y sus hojas suben y bajan con alegría. Pero la he colocado bajo una luz artificial, y repite los mismos movimientos, pero desacompasados y lentos.
EsIMG_6160tos días a menudo me siento como esa flor: fuera de lugar y cansada. Intento acercarme al sol y volver a ser feliz, pero solo consigo una luz débil, artificial, que me anima a destiempo.

¿Cómo estás? Me pregunta todo el mundo, tras la intervención de la semana pasada. Se preocupan, me quieren. Y yo no sé qué contestar. Bien, supongo, todo fue bien. Mi cuerpo se recupera bien, como siempre lo hace. Mi cuerpo se merece un diez. Pero mi mente se deja atrapar por el futuro, en lugar de disfrutar de cada instante que se le ofrece, y se pierde por caminos obtusos que me desgobiernan. ¿Qué pasará cuando…? Y en esos puntos suspensivos se me colocan presagios funestos, pesimismo, tristeza. Y olvido, olvido que en realidad debería ser muy feliz porque me operan y eso es una oportunidad que debo aprovechar y distrutar como nunca. Sólo se opera el 25% de los casos de mestátasis hepáticas y yo ya llevaré dos operaciones. Es casi un milagro. Pero en esos puntos suspensivos se me agolpan todos los miedos a medio y largo plazo. Y duele. Duele tanto que si me dejo llevar, me pierdo.

Desde el principio me juré a mí misma que no me convertiría en un ser triste, pero es tan fácil alejarse de la luz y detenerse…

Os contaré algo que me está ayudando.

Una mujer acude al psicólogo. Este le explica que la consulta sólo cuesta 5 dólares por los primeros 5 minutos, que luego no le cobrará más y que no devuelve cambio. Ella sonríe y acepta. Le cuenta que tiene miedo a ser enterrada viva, a los espacios cerrados, que ni siquiera puede montarse en su coche. El médico le responde que tiene una solución para ello, una frase que debe memorizar para siempre. Ella se prepara para retenerla.
-La frase es: ¡Deja de hacer eso! -El psicólogo mira su reloj y luego a ella fijamente-. Sólo han sido tres minutos. Me debe 3 dólares.
Al final de este post os dejo el vídeo completo. No tiene desperdicio. La sesión dura un poco más luego.  Cuando lo vi, me hizo reflexionar mucho. De hecho me lo recomendó uno de mis médicos tras explicarle que estaba muy preocupada por el futuro y que eso me deprimía. Y es que resulta tan sencillo dejarse llevar por los miedos y pensamientos negativos… pero está en mis manos cambiarlo, y sólo en mis manos. Nadie puede hacerlo por mí. Yo decido si distruto el presente o me pierdo en el mañana. ¿Parece fácil, verdad? Pues no lo es en absoluto. Agradezco cualquier empujoncito adicional hacia la luz, amigos. Un abrazo.

 

P.D.: Gracias por la flor, Juana Mari. Cuando la veo me recuerda a ti y me hace sonreír. Te quiero mucho.

Reírse de tus problemas, por grandes que sean

reírse de tus problemas

El mendigo arrastraba sus zapatos rotos mientras recogía bayas -su único alimento- a la orilla del camino. Algunas las tiraba, porque estaban amargas. Las lágrimas caían por su rostro, compadeciéndose de sí mismo por su mala suerte en la vida. Sin embargo, un quejido lastimero llamó su atención y se giró. Tras él, un hombre descalzo recogía las bayas que él descartaba. Entonces el mendigo dejó de llorar y quejarse.

Si tomamos consciencia de que nuestro dolor no es el más grande, de que otros sufren peores calamidades, mayores azotes en la vida, nos sentimos mezquinos.  ¿Cómo puedo yo protestar al universo por mi enfermedad cuando hay niños con leucemia, por ejemplo? Seres inocentes, con toda la vida por delante, que sufren lo que nunca debería sufrir un niño.

Relativizar mi sufrimiento me hace más fuerte. Es como un bofetón indoloro que te espabila de golpe, “venga mujer, no te quejes que otros están peor que tú y sonríen”. Porque los niños enfermos siguen buscando cualquier excusa para sonreír

Yo quiero ser una niña que persigue momentos de felicidad, lo deseo por encima de todo, y a veces llegan cuando menos te lo esperas. El otro día, fuimos a ver mi hermana Juanamari, convaleciente de una operación desde hace un mes. La visité junto con mi hermana pequeña, Silvia, y una prima, Jose, que tiene una grave enfermedad cerebral. Os invito a ver el breve momento que capturamos en este vídeo. Aún seguimos riéndonos. Un abrazo.

Veinte segundos de risa

gorila risa 20 segundos de risa, en los que se implican más de 400 músculos, equivalen a 3 minutos de ejercicio. Cuando reímos generamos endorfinas, la hormona que produce bienestar y relajación. Por contra disminuye el cortisol, la hormona del estrés. La risa ventila nuestros pulmones y regulariza nuestro ritmo cardiaco. Incluso mejora nuestro sistema inmunológico ante la enfermedad. Visto lo visto, yo quiero reírme mucho. Me gustaría que mi vida fuese una sucesión de melodiosa risa. No siempre es fácil, de modo que tener cerca a personas alegres cuya risa se contagia es el mejor regalo.
Mis hermanas, Juanamari y Silvia, son de esas personas. Os contaré una pequeña anécdota. Hace una semana me acompañaron a raparme y colocarme la peluca. Una joven muy agradable se dispuso a rasurar. Me preguntó que si quería ver el proceso, y como mi respuesta fue negativa bajó una cortinilla hasta cubrir el espejo. Comenzó de abajo a arriba.
– Qué bien te queda la nuca rapada -aseguró Juanamari-. La forma de tu cabeza es perfecta. Y el lado, el lado también te queda bien rapadico. ¡Pero esta chica va muy rápido! Deberías poder ir viéndote. Que te queda genial. ¡Mírate, de verdad!
La joven que rasuraba no daba crédito.
– Yo suelo ir rápido, porque mucha gente llora…
Pero Juanamari y Silvia no cesaban de elogiar mi osamenta y proponer nuevos cortes requetemodernos para cuando el pelo se digne en volver a crecer. Yo a esas alturas estaba muerta de risa.
– Oye pues levanta la cortinilla que me vea, total, ya me he visto a lo teniente O’neil antes -dije yo claudicando.

Un mal trago se convirtió en uno de esos momentos de risas compartidas y bromas, uno que de hecho nunca olvidaré. Gracias, mis niñas. Os quiero. Cuando salimos estábamos felices, reíamos por cualquier nimiedad. Creo que la risa es mi mejor medicina. Quiero mis 20 segundos de risa al día, ¡o más!
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Mi nueva imagen con peluca.
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Con Juanamari y Silvia a la salida del centro capilar Danien.