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Agarrado a sus prisas

silueta-hombreEl abuelo llegaba agarrado a sus prisas.

-Vengo a saludaros, pero me voy en seguida.

Yo me acercaba corriendo y le plantaba un beso en su mejilla seca. Y le abrazaba flojito. No por falta de ganas, ni de ternura, sino porque él, altísimo y delgado, apenas se agachaba porque la espalda le crujía.

Mi abuelo era igualito a mi Pinocho de plástico, un muñeco gigante, flacucho y articulado, de nariz prominente y rostro bondadoso.

-Me estoy un ratico, una meadica, y me voy a dar una vuelta.

El abuelo no conocía nuestro pueblo, así que sus vueltas eran breves paseos entre la casa de mí tíos y la nuestra. Doscientos metros. No se paraba en las obras, ni entraba en un bar a tomarse un carajillo. Y desde luego, nunca, jamás, se sentaba en un banco. Mi abuelo necesitaba estar en movimiento constante, como la tierra y las mareas.

-Vine a despedirme. Mañana me vuelvo al pueblo y hasta la próxima.

Yo siempre lloraba su marcha, porque los breves instantes que me regalaba eran momentos de paz, amor y sabias palabras.

Los vaivenes acabaron con mi abuelo, sus idas y venidas, su culo inquieto. Todo quedó explicado el día que supimos que tenía incontinencia: cáncer de próstata.